Bombas televisadas

JUAN GÓMEZ-JURADO

Cuando escribo estas líneas aún no ha empezado. Quizás cuando lea esto usted ya estén volando por el aire. Misiles de 96 toneladas, con capacidad de ser lanzados desde miles de kilómetros de distancia. Algunos con nombres tan deliciosamente irónicos como 'Peacekeeper', guardianes de la paz. Paz de fuego y silencio, administrada con la aséptica naturaleza de un interruptor apretado tras una orden telefónica.

Ante cualquier crimen cabe preguntarse a quién beneficia. Los sirios que mueran bajo un bombardeo serán soldados, asesinos, terroristas. Y también panaderos, fontaneros, mujeres y niños, conductores de autobús. Es lo malo de las explosiones, no piden filiación política ni ocupación antes de licuar los ojos y convertir los huesos en ceniza.

Cabe preguntarse ante un crimen a quién beneficia. Bombardear un país es una acción de guerra, y también una acción política. Quien toma la decisión es, en este caso, un hombre que ha dejado muy claro que es alguien a quien la verdad, la honestidad y la justicia le importan tres carajos. Un narcisista enfermizo que ha gobernado -es un decir- el otrora país más poderoso del mundo a golpe de decir tonterías en Twitter. Un desequilibrado recubierto de ciertas funestas capacidades para la mentira y la manipulación. Alguien que, preocupado más por tener razón que por hacer las cosas bien, se enfrenta ahora a una decisión importante. Ofrecer un espectáculo televisado, una demostración de fuerza, que pueda paliar de algún modo sus paupérrimos índices de aprobación. o no matar a nadie y poner al mundo en riesgo de una Guerra Mundial.

Dirá usted, lector, que ambas opciones son extremas, quizás exageradas, cuestión de blancos y negros. Y tiene usted razón.

Sin embargo, no hay nada gris en apretar un botón que dispara un misil.

Los grises se encuentran en las conversaciones, en las negociaciones, en la diplomacia. En la muerte de inocentes, en ese eufemismo perverso llamado «daños colaterales», no hay grises. En la escalada mundial de la tensión internacional entre potencias cuyos líderes se sienten más cómodos en la confrontación, tampoco.

Dirá usted, lector, que para qué le cuento esto. Para qué le aburro. Para qué escribo acerca de un tema sobre el que usted y yo no tenemos ningún control, ni opinión, ni opción a cambiar nada. Lo que usted está leyendo no sirve, en realidad, para otra cosa que para que pensemos juntos sobre lo que está bien y lo que está mal. Para sacar conclusiones lo más ajustadas posibles cuando veamos las bombas explotar a través de nuestros televisores. Si es que ocurre. Si es que no está ocurriendo ahora.

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