LA BOMBA Y LA MANGUERA

ANTONIO VERGARA

Durante estas Navidades he leído, o releído, varios rigurosos libros sobre la Segunda Guerra Mundial, muy consciente de que tras tanta felicidad, consumismo y repelentes villancicos, se oculta el 'Maligno' y hay que estar preparados para combatirlo. Salvo los tontainas de Compromís, encabezados por el fino Pere Fuset y Joan Ribó, y doña María Oliver, de València en Comú, al resto de las formaciones políticas del ayuntamiento les ha parecido buena idea la presencia pedagógica del Ejército en Expojove.

Presten atención a la tontería que ya ha convertido en famosa a doña María Oliver: «Debemos tener cuidado con los que con una mano lanzan bombas y con la otra apagan fuegos». Para realizar este absurdo e inaudito desdoblamiento, no sería útil ni Mateo Morral.

Por consiguiente les voy a distraer con varias 'hazañas bélicas', esperando que María Oliver no confunda las mangueras con una boa.

El 17 de abril de 1943, el mayor John W. Mitchell, comandante del Escuadrón de Caza 339.º (acuartelado en Trassafaronga, isla de Guadalcanal), recibió el siguiente mensaje: «Washington. Máximo secreto. Del secretario de Marina al jefe Control Caza Henderson. Almirante Yamamoto, acompañado jefe Estado Mayor y siete oficiales generales Armada Imperial salió Truk esta mañana ocho horas visita inspección bases Bougainville a bordo dos Betty escoltados por seis Zeros. Escuadrón 339.º de P-38 debe a toda costa alcanzar y destruir Yamamoto y Estado Mayor en mañana 18 de abril».

El avión del comandante naval Yamamoto fue derribado. Él y sus acompañantes cayeron en la selva. Sus cadáveres fueron colocados en parihuelas de bambú, trasladados a Bougainville e incinerados.

Paradojas de la vida y la historia. Yamamoto no era partidario de entrar en guerra contra EE.UU. Había vivido en este país y conocía perfectamente su poder económico, industrial y militar. Sin embargo, impelido por las circunstancias, fue quien planeó el ataque por sorpresa a Pearl Harbour.

En el 'pack' 'Crónicas de la Segunda Guerra Mundial', con material rodado, supervisado o montado por afamados directores de Hollywood (un regalo de Reyes), estamos ante DVD rigurosos, con mucho trabajo de documentación, análisis histórico, económico, social, ideológico y estratégico. Regalo de Reyes.

La primera entrega ('La guerra relámpago'), dirigida por Frank Capra (el montaje es espléndido), nos sitúa ante las causas de la guerra, su sinrazón y el inmenso sufrimiento de quienes la padecieron. Capra, sin duda horrorizado por la guerra, se vengó después de los nazis, los japoneses y los aficionados al cine con varios merengues: '¡Qué bello es vivir!' o 'Caballero sin espada' .

Nos gusta mucho el cine bélico de la Segunda Guerra Mundial. El norteamericano y clásico. Sobre todo, aquellas películas que, paradójicamente, no muestran explícitamente la barbarie humana. Al objeto de que la digestión curse naturalmente, seleccionamos filmes que podrían encajar en tebeos infantiles de 'Hazañas Bélicas', dibujados por Boixcar.

El hiperrealismo bélico no nos interesa. Queremos ver heroísmos, buenos sentimientos, dureza (no sangrías morbosas a lo Tarantino), sacrificios, amor, solidaridad y compañerismo. Y que los buenos venzan a los malos. Cuanto más nos falseen la verdadera y criminal naturaleza de las guerras, mejor.

He aquí, telegráficamente, algunas películas de cabecera. 'Almirante Yamamoto' (1968), de Seiji Maruyama, fiable biografía y una interpretación memorable de Toshiro Mifune. Ritmo japonés, ceremonioso. 'La batalla de Inglaterra'. Sale el denominado 'coro de la belleza', la Fuerza Aérea Auxiliar de Mujeres (WAAF), encargadas de comunicar al mando la presencia de aviones enemigos detectados por las estaciones de radar. 'Se creía comúnmente que cuanto más atractivas eran ellas, más arriba se les permitía trabajar en la cadena de mando'. (Stephen Bungay, en el libro 'La Batalla de Inglaterra'). La mejor película de submarinos es 'Torpedo', de Robert Wise. Extraordinario montaje y foto. La historia de la obsesión del capitán Richardson.

No olviden tampoco 'Objetivo Birmania', admirable narración (estilo documentalista) de Raoul Walsh. Ni 'Los puentes de Toko-Ri' (reporterismo en la cubierta de un portaaviones), 'Rommel el Zorro del Desierto' (soberbio guión y James Mason), o en un tono más áspero, 'El ataque duró siete días' (1964), dirigida por Andrew Marton, película saqueada por Terrence Malick en 'La delgada línea roja' (1998).

Anímese, doña María Oliver. Y no se olvide de los más de 20 millones de asesinados (léase a Stéphane Courtois) en la Unión Soviética, con Lenin y Stalin al mando.

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