LA BOMBA ATÓMICA

IGNACIO MARCO-GARDOQUI
Viernes, 6 octubre 2017, 11:43

La decisión adoptada ayer tarde por el consejo del Banco de Sabadell, de trasladar su sede social desde Barcelona a Alicante, supone un antes y un después en el enloquecido proceso en el que se ha sumido Cataluña. Y es así porque enfrenta las ensoñaciones con las restricciones. Porque obliga a hablar de economía, de la aburrida y poco excitante, pero imprescindible economía. Porque la cruda realidad acostumbra a destrozar los bellos sueños.

Porque, si bien es cierto que, medido en términos absolutos, la salida del banco no supone una pérdida irreparable, es la primera señal de alarma, seria e indisimulable, de un proceso, este sí, que puede acabar dañando con severidad la vida de los catalanes. Porque es el inicio de una sangría que puede provocar una anemia severa. Porque ese movimiento demuestra que el Molt Honorable (¿de verdad que no le da vergüenza usar este título después de los atentados a la legalidad que ha provocado y de la inmensa chapuza del referéndum que ha promovido?) Carlos Puigdemont mintió el martes cuando aseguró que el pueblo catalán está unido y tranquilo.

La situación de los bancos catalanes se ha complicado por culpa de la deriva política. Nadie puede dudar de que su situación financiera es muy robusta y de que no hay nada en sus balances que suscite la mínima preocupación. Lo malo es que, como vimos con el Popular, los bancos quiebran antes por la falta de liquidez que por las debilidades de su balance. Ningún banco, por más sólidas que sean sus cuentas, puede afrontar una retirada desordenada de sus depósitos. Lo cual le pone a la Caixa en una situación incómoda. La decisión del Sabadell demuestra que la situación política actual conlleva riesgos económicos y por eso se marcha, a pesar de las inevitables reacciones en su contra que la decisión provocará en Cataluña.

Los bancos no serán los únicos actores de esta lamentable trama, pero son los que peor lo llevan. Los clientes de las empresas catalanas, industriales por ejemplo, contratan productos y servicios que les resultan atractivos por precio y calidad. El cambio de proveedor no es tan sencillo y es necesario sopesar pros y contras. Sin embargo, los productos bancarios no están muy diferenciados, ni por precio ni por calidad, y la oferta bancaria es muy abundante. Así que, ¿Por qué correr riesgos, si evitarlos no tiene coste?

La decisión tendrá consecuencias en el procés. Ya veremos si el PDeCAT sigue siendo un bloque compacto en la votación del lunes para declarar la independencia. ¿O no la habrá? Y excitará los ánimos de la CUP que pondrá en un continuo aprieto al Govern con sus exigencias. La historia demuestra que todos los procesos revolucionarios, y éste lo es, se escoran hacia el extremo según pasan los días. Los independentistas del centro catalán tendrán pronto la ocasión de comprobar si están más cerca de los radicales de la izquierda catalana o de sus homónimos constitucionalistas. La CUP pretende la independencia de Cataluña. Pero no solo. También quiere sacarla de Europa y del euro. ¿Es ese el camino a seguir que proponen el PDeCAT y ERC?

Ayer se abrió otro frente importante. Al parecer el gobierno está pensando en aprobar una ley que permita un cambio exprés del domicilio social en las empresas, con el acuerdo exclusivo del consejo de administración y sin pasar por la Junta General. Cuando lo leí pensé que era una venganza innecesaria e inconveniente. Pero, cuando conocí que los Estatutos de la Caixa exigen el acuerdo en Junta, me entró la duda. Ya no sé si es una medida destinada a agrandar la herida por la que sangra Cataluña o es una llamada de socorro. Piense que, en este ambiente, la celebración de una Junta General de la Caixa en Barcelona con ese punto del orden del día es, simplemente, inimaginable. Los Mossos tendrían que hacer algo más que sonreír.

Total, que todos los que, alegremente, decían aquello tan gracioso como era lo de «Espanya ens roba» deberán explicar ahora por qué tantos catalanes se llevan sus dineros a la cueva de los ladrones.

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