BOICOT INTRAMUROS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El boicot supura una ponzoña peligrosa que nace directamente de la venganza, del resentimiento. Se boicotea el cava catalán olvidando que el corcho de los tapones se elabora en Extremadura, con lo cual, daños colaterales, se fastidia al extremeño que ganaba su jornal. Por otro lado, conocí a un millonario asquerosamente esnob que proclamaba lo siguiente: «Yo sólo bebo champán francés, del caro, y así hago boicot contra el cava catalán». Pues ya podría comprar cava valenciano, este imbécil mimado desde la cuna que se creía gracioso. En cualquier caso, como los valencianos se diría que mantenemos una textura diferente, abracadabrante y personalísima, por primera vez asistimos a un conato de boicot de unos valencianos destarifados y radicales contra una empresa modélica valenciana. Impresionante. Hasta ahora, el arma arrojadiza y perversa del boicot se empleaba contra otra comunidad, otro país, otro continente, jamás contra el paisano. Existía un pacto tácito de no agresión apelando a la sagrada máxima de «entre bomberos no nos vamos a pisar la manguera, ¿verdad?» Pero este sensato acuerdo se rompe por el delirio de ciertos carguitos de la izquierda nacionalista que pretenden exterminar a todo el que no coincida con ellos en la sagrada defensa del idioma. Estos mequetrefes del pensamiento romo, acostumbrados a vivir de la mamandurria pública, de la subvención, del chollo, no servirían ni para gestionar con solvencia una pequeña frutería de extrarradio, sin embargo se atreven a cuestionar el modelo de una empresa privada que genera exuberantes beneficios y afloja golosos impuestos. El zoquete de la clase ofreciendo lecciones particulares al más listo. El colmo. Con estos ejemplos de boicot intramuros cómo vamos a pedir luego que nos mejoren la financiación... ¿Nos van tomar en serio? Imposible.

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