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No estamos preparados para un conflicto largo, nos aburre. Cataluña está en un limbo jurídico-político del que le va a resultar muy difícil salir

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Habría que echar mano del 'espanglish' de Rajoy para sentenciar, respecto a la situación de Cataluña, que en efecto, ahora sí, «it's very difficult todo esto», añadiendo a continuación, ya de nuestra cosecha, que encima no estamos preparados para lo que se nos viene encima. Porque, en efecto, no lo estamos. No queremos conflictos largos, nos aburren, nos incomodan, nos acaban cansando. Cada vez son más los que desconectan la tele o la radio o pasan las páginas de los periódicos cuando llegan al apartado catalán. Sencillamente están saturados, no quieren saber nada más. Y si han alcanzado este punto es por dos motivos: el primero, la hiperinformación. Vivimos conectados no al día, ni a la hora, no al minuto sino al segundo respecto al conflicto. Ahora se van a reunir, ahora llegan a la reunión, ahora bajan de los coches, ahora suben al Palau, ahora votan en el Parlament, ahora salen estos, ahora entran aquellos... ¡Ufff! Es como una retransmisión deportiva permanente de los acontecimientos a través de mil canales de información, con opiniones a todas horas, todos los días, en cualquier lugar, sin descanso. Es, reconozcámoslo, insoportable, insostenible, inaguantable. Pero, y aquí viene el segundo factor, es que encima nos hemos hecho mucho menos tolerantes a este monocultivo informativo de un único y cansino tema. Nuestra mente ya no está preparada para algo así, acostumbrados como estamos a picar aquí y allá, leo un tuit, veo un vídeo graciosete, contesto un par de mensajitos, repaso unas fotos, me pasan estos memes... Todo muy variado, deprisa, deprisa, y absolutamente inconsistente, de consumo rápido, low cost, usar y tirar. No soportamos ni estamos preparados para un conflicto de meses, incluso años. Nos cansamos muy pronto de todo, modas y personajes, programas y series, ropa y complementos, deportes, ocio, restaurantes, tiendas y hasta parejas. Lo consumimos y agotamos todo a la velocidad de la luz. Y aún lo estamos menos para que nos bombardeen con imágenes de carreras, policías persiguiendo manifestantes, botes de humo y pelotas de goma volando por los aires, no digo ya tanques por las calles y militares patrullando fusil en mano... Lagarto, lagarto. La conclusión, es fácil llegar a ella, es que el bloque más fanatizado, el que se cree que van a llegar a la tierra prometida, el que desprecia que se vayan cientos de empresas porque asegura que no se va a notar, el que ve lo español como un enemigo que les roba y les oprime, ese grupo homogéneo tanto en su insensatez como en su radicalismo lleva la iniciativa y tiene más condiciones para acabar imponiéndose en la larga partida. Lo cual no significa que se vayan a salir con la suya sino que han conducido ya a Cataluña a un limbo similar al de Osetia del Sur, ese trozo de territorio de Georgia independizado gracias a Rusia y que aparte de Putin sólo reconocen Nicaragua y Venezuela. Una farsa, una mentira.

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