Cuando las bicicletas eran sólo para el verano

PEDRO PARICIO AUCEJO

La bicicleta es un vehículo afortunado. No solo goza hoy de una amplia demanda social para todo tipo de usos, sino que, desde 1890 (año en que, por la incorporación de frenos y neumáticos de goma, se hicieron más seguros los velocípedos de la época) se convirtió en el más popular modelo de transporte ecológico de la sociedad occidental. Desde que se fabricó en serie, su asequibilidad económica permitió que la bicicleta pudiera ser adquirida por las clases más humildes, sobre todo para el desplazamiento de aquellos obreros cuyo puesto de trabajo se encontraba a varios kilómetros de distancia.

Esta es la primera imagen urbana que mi mente retuvo de las simpáticas 'bicis' de finales de los 50 del siglo pasado: la del recorrido diario que -en una barriada con escasa circulación de vehículos de motor- hacían estibadores y trabajadores de los astilleros camino del puerto de Valencia. Pero era el prototipo de biciclo usado por el afilador de cuchillos y tijeras el que me resultaba más llamativo. Precedida su presencia por el silbo de una flauta anunciadora de sus servicios ambulantes, lo que le daba originalidad era la estructura plegable que elevaba su rueda trasera para que el profesional pudiera pedalear sin desplazarse.

También yo disfruté, desde bien pequeño, del movimiento que permitía esta sencilla máquina rodada. Primero fue, dada mi corta edad, en un pequeño triciclo, con el que, acompañado por mi abuelo, recorría una y otra vez tramos de la calle de tierra firme -todavía sin asfaltar- donde se encontraba el domicilio familiar. Unos años después, tuve mi primera bicicleta propiamente dicha -de las llamadas de 'cadete'-, aunque con corchos en los pedales para poder acceder con comodidad a su mullido asiento rojo.

Aprendí a manejarla gracias a mi padre, que me enseñó más o menos como el escritor Miguel Delibes (1920-2010) cuenta que el suyo hizo con él: «Me ayudó a encaramarme en el sillín, pero no corrió tras de mí. Sencillamente me dio un empujón y voceó cuando me alejaba: 'Mira siempre hacia adelante; nunca mires a la rueda'. Yo salí pedaleando como si hubiera nacido con una bicicleta entre las piernas. En el extremo del jardín, doblé con cierta inseguridad y, al llegar al fondo, volví a girar para tomar el camino del centro, desde donde mi padre controlaba mis movimientos».

En 1978 descubrí otra faceta de la bicicleta, la de la ciencia inherente a su invención. Fue debido al conocimiento que tuve del libro 'Física de la bicicleta', del prestigioso catedrático de instituto José Sánchez Real (1918-2008). Se trataba de un texto en el que, gracias a esta máquina, se explicaban intuitivamente conceptos fundamentales de la física, como la mecánica, el electromagnetismo, la óptica y la acústica. Poco tiempo después, pero ya avanzada mi juventud, vinieron otros modelos de bicicletas: la estática, la de paseo y la de montaña. Con estas dos últimas, durante las largas estancias estivales en el pueblo, disfruté del ejercicio físico y de -lo que para mí era mejor- la seducción del paisaje: aprendí a verlo y adquirí así una aptitud para la contemplación.

Con aquellas bicicletas de verano retuve la fisonomía de territorios repletos de referencias personales, de colores inconfundibles, de aromas inenarrables y de sonidos singulares. Observé, sentí y me emocioné con sus componentes, sus rasgos, sus trazos naturales y culturales. Y lo hice hasta saborear incluso lo que no se ve en el paisaje pero lo constituye: el hombre y su historia. Como señala el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón (1937), «quien mira un paisaje y sabe su idioma, lee un pasado acumulado de fuerzas geológicas, cambios climáticos, pasos de estepas y bosques, ríos o lagos, cazadores, ganaderos, agricultores, ejércitos devastadores, reconstrucciones pacientes, quemas de bosques, jardines, economías y sociedades que se fueron o que persisten o que llegan».

Y es que -para este reputado ecologista vallisoletano y catedrático de universidad- el paisaje nos nutre física y espiritualmente porque es una construcción intelectual, una interpretación del mundo fundada en valores. Más que un panorama exterior, lo es interior: el paisaje se revela como tal por una concesión interior del hombre, que otorga al territorio unas cualidades manifestadas por el conocimiento, el arte y la vivencia. Su comprensión «es un ejercicio intelectual completo, donde, además del indispensable rigor y la necesaria inteligencia, son particularmente apropiadas la sensibilidad y la experiencia directa».

En aquellos tiempos en que las bicicletas eran sólo para el verano, el redoblado esfuerzo al subir una cuesta, la plácida serenidad al atravesar un llano y la desbordante euforia de quien baja una pendiente como si volara con el viento... me mostraron el magisterio profundo del paisaje. Además de la indisoluble unión de la especie humana con el medio, aquellas excursiones me permitieron captar la grandeza de lo invisible en la pequeñez de lo visible y escuchar la armónica sinfonía que suena en el eterno corazón de un universo donde -como sintiera el poeta Gabriel y Galán (1870-1905)- «hablándonos de Dios todas las cosas,/ las palabras dicen menos que los ruidos,/ y los ruidos dicen menos que el silencio».

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