LA FE DE BESALDUCH

JOSÉ MARTÍ

El Levante abandonó Vallejo hace medio siglo para trasladarse del río a la huerta. El mítico estadio es historia granota, aunque cada vez queda menos «memoria viva» que lo pisara (algunos lo honramos con una leve reverencia al pasar por delante del azulejo conmemorativo en Poeta Bodriá). Pepe Besalduch, a sus 87 años, es uno de ellos. Abrazó el levantinismo en los 50, al ver los partidos desde lo alto de un edificio en construcción del que era encargado de obra. Desde entonces conserva toda la pasión de un incondicional, compaginando en su interior la fe granota con su no menos arraigada fe religiosa. Le recordamos cuando, de niño, a finales de los setenta, nos llamaba la atención verlo en el actual Estadio y en la gasolinera de Primado Reig en la que trabajaba ataviado con su mono azul, por su verborrea y entusiasmo. Desde entonces siempre le hemos seguido en sus peripecias y arengas al público corriendo por tribuna. Esta semana ha saltado a la fama por un reportaje televisivo de 'El día después'. «El abuelo del Levante» se titulaba y lo presentaban como ejemplo de auténtico aficionado, «de los que ya no quedan». En él se le ve tal cuál es: todo corazón, sencillez y pasión, con sus inocentes comentarios jocosos del partido y su peculiar acento del interior de Castellón. No es la primera vez que se hace viral. En la presentación de Rossi, su caluroso abrazo de bienvenida con lágrimas en los ojos dio la vuelta a Italia. Es un referente. Siempre con su cabellera blanca, gabardina clara y transistor, ocupando su localidad de toda la vida en tribuna baja, junto las escaleras por si hay una urgente necesidad. Hasta no hace mucho, su mujer Lolita solía acompañarle con un libro en la mano para entretenerse. Debería patentar la frase «en el Levante somos una familia» de la que tanto abusan los jugadores para referirse al vestuario. Podría protagonizar un libro de anécdotas, al estilo de 'Mi Levante y yo' del añorado Ramón Victoria o 'No le digas a mi madre que soy granota' de Pedro Sempere. En los años ochenta, durante un encierro de jugadores, acudía a diario con una furgoneta de La Clemencia a llevarles comida y cena. En 2002 se abalanzó sobre el césped para abrazar a Descarga tras marcar en el descuento. Unos años después repitió pero contra Pino Zamorano tras un arbitraje nefasto. No pudo reprimirse y saltó. Le sancionaron un mes sin ir al Estadio. La policía evitó que acudiera de incógnito al siguiente partido como pretendía. Ahora se emociona con el campo lleno, como tantos otros que lo hemos visto semivacío. Por desgracia, el fútbol moderno, el de Tebas y la burbuja especulativa, lleva camino de sepultar a estos hinchas históricos y sentimentales para quien su equipo, el Levante, está por encima de todo. O no.

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