BATRACIOS DE CHARCA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Ignoro si fue una reclamación de la clientela del ferragosto hacia los hoteles y los campings o si fue una idea de estos últimos para mantener entretenida y mansa a esa misma clientela. En principio, a un centro de ocio vacacional le deberíamos de exigir que nos deje en paz. Pagamos para perrear, sestear, dormitar, mamonear, aburrirnos, disponer de libertad absoluta de horarios y sentir la pereza en cada centímetro cuadrado de nuestra piel.

Sin embrago, una importante porción de veraneantes precisa de organización, horarios y mandangas con las cuales ocupar el transcurrir de las horas. ¿Ustedes lo entienden? Yo tampoco. Así, en las islas vacacionales de diversos pelajes ofrecen como un extra a esa mocedad risueña que pastorea a la parroquia mediante juegos y gimnasias cutres de movimientos bamboleantes dentro o fuera de la piscina. Y observo los rostros de los veraneantes irradiar sonrisas angelicales porque, al fin, alguien les saca del tedio cuando se supone que el tedio debe predominar en las escapadas veraniegas. Miles de turistas, nacionales y extranjeros, necesitan marcha, diversión enlatada como las risas de las malas telecomedias, una ocupación algo chorra para que las jornadas no adquieran interminable elasticidad de chicle. Nos venden en el paquete el buffet libre de las comilonas y las cenas y las meriendas y los resopones, con esos alimentos de sincronizado sabor a buffet libre, ya sea pollo al chilindrón o lasaña boloñesa, y de paso un cúmulo de actividades destinadas a cubrir los días y las noches. Los horarios nos persiguen: en invierno allá en la oficina, en verano cuando la alegría artificial de concursos hoteleros que nos reconvierten en batracios de charca con sobredosis de cloro. El turismo, ese gran invento que además esclaviza nuestros minutos de antaño gloriosa modorra.

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