EL BATÍN POR BANDERA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Cuando ese amigo nos avisaba nuestros ánimos se enardecían. «Mis padres han salido de cena», decía. Marchábamos hasta allí corriendo. El padre de ese compañero escondía en el armario una gallarda colección de revistas Play Bloy que devorábamos. En aquel tiempo no existía el vídeo ni mucho menos internet. Por lo tanto, los primeros rudimentos de educación sexual los aprendimos gracias a Hugh Hefner. Para la masa quedará de él su estampa de bonhomia glamurosa y horteril difundida gracias a ese eterno batín de seda y a ese pijama como resbaladizo que gastaba. Una imagen caricaturesca que derivó hacia la rijosidad de viejo verde salivando junto a dos blondas idénticas. Pero eso es el personaje que urdió para vender revistas. La mansión y las habitaciones que cedía a famosos de su época también forman parte de su genial mercadotecnia. Desde Jack Nicholson a los Rollings Stones, todo el que pintaba algo en la farándula recibía la llave de una estancia en ese templo de cascadas artificiales de piscina engolfada y acaso lluvias doradas de intimidad perruna. El personaje devoró a la persona, y así, pocos saben que Hefner fue pionero en llevar invitados negros a su show televisivo, y que su apetito cultural le impulsó a fichar escritores talentosos soltándoles pasta gansa. En la morada de aquel colega leí a tipos que se llamaban Norman Mailer, Philip Roth o Tom Wolfe. Hefner, finalizada la Segunda Guerra Mundial, observó la irrupción del hombre moderno que necesitaba publicaciones más audaces. Y les ofreció ensoñaciones protagonizadas por chicas similares a la vecina cañón del barrio que estudiaba modosita en la universidad. Naturalmente, al igual que Cervantes y Cristóbal Colón, era de raigambre catalana. Parece ser que su bisabuelo ampurdanés se llamaba Arnau Figa. Americanizó el nombre al emigrar.

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