BATALLAS MUSICALES

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Los culebrosos servicios secretos de varios rincones de este valle de lágrimas procuraban el insomnio de sus secuestrados a base de música. Se trata de reblandecer la voluntad privando del reparador sueño a la persona enjaulada. No duermes, te trastornas, cantas y confiesas. Se decía que a los presos yihadistas de Guantánamo sus carceleros les atormentaban mediante descargas a toda pastilla de rock duro. En esto unían un doble factor de tortura: enchufarles el maldito e impío rock capitalista y destruirles en una constante vigilia. A mí me cascan AC/DC para lubricar mi lengua y la soberbia electricidad de los australianos sellaría mis labios porque me vendría arriba y me entraría así como un ardor heroico de primera categoría. En cambio, disparan contra mis tímpanos los trinos de Bustamante, el infecto piano de Richard Clayderman o la basura del reggeaton y, desde los primeros acordes, mi lengua cobraría una vida insospechada. Me atribuyo el asesinato de Kennedy y aseguro ser la reencarnación de aquel toro Islero que acuchilló a Manolete. Lo que tampoco podíamos imaginar es el papel segregado por las canciones de Manolo Escobar, concretamente el «qué viva España», en la actual trifulca. Manolo Escobar, eterno tupé a medio camino entre el folclore cañí del sector popular y Elvis Presley, patillas de virilidad a la española, utilizado para la guerra psicológica que mina la moral del otro. Qué cosas. El escrache contra Mónica Oltra es igual de repugnante que los anteriores escraches. Cuando escracheaban a los peperos escuchamos voces alegando el mágico talismán de la libertad de expresión. Excusaban estos violentos e intolerables acosos parapetándose tras la infalible sabiduria de la justicia popular. Abrieron por lo tanto un peligroso melón radioactivo y ahora nos abochornan sus consecuencias.

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