El bastón 201

Sigo mirando la tele en silencio. Temo que si doy el sonido el hechizo visual que me producen las varas al viento de la tarde en Bruselas desaparezca

MANUEL VILAS

En Iowa City, que es la ciudad del Midwest donde me encuentro ahora mismo, ya por las noches el termómetro desciende a 5 grados bajo cero. Cuando llega la noche veo las noticias españolas desde mi televisión conectada a internet, que me congelan mucho más que el aire helado de la calle. No pillo muchos canales. Veo un telediario en que salen unos señores que llevan varas o bastones o palos. Apago el sonido intencionadamente. Me quedo mirando las varas. Sí, son los 200 alcaldes catalanes que han ido de excursión a Bruselas. Pero sin sonido la escena de tanta gente llevando un bastón tiene un toque de serie de Netflix. Parece que ninguna vara es igual. No están homologadas. No son bastones de reglamento. Imagino que cada señor puede diseñar su propia vara. Tienen un aire de conjurados. Aplauden. Y levantan la vara en señal de alegría.

Envidio no tener una vara. Estoy viendo el telediario en mitad del salón de mi casa de madera en el Midwest. Apago la tele y me voy a hacer la compra semanal en los almacenes Walmart. De repente, me vienen a la cabeza los 200 bastones que he visto en la tele. Me acerco a un empleado de Walmart y le digo: «Sorry, sir, I want a cane of Catalan mayor of the best quality». Me dice que se le han acabado, que acaba de vender el último y señala con el dedo a un señor que se aleja con un bastón de alcalde catalán en el carrito. «Fuck», digo yo. El empleado me dice que la semana que viene traerán más. Le digo que no puedo esperar. El hombre me ve tan apenado que me sugiere comprarlo en Amazon. Vuelvo a casa y voy directo a Amazon. Y me encuentro en la pantalla de mi ordenador una gran variedad de bastones catalanes.

No sé cuál elegir. Pongo de nuevo la tele por internet, a ver si veo alguno que me guste. Nada más volver a ver los 200 alcaldes con sus 200 bastones me doy cuenta de que no puedo pasar ni un día sin mi bastón. Miro hacia la esquina de la cocina y veo mi fregona. Es demasiado larga y es de color rojo. No sirve. Veo tanta felicidad en esos 200 alcaldes con sus 200 bastones que siento una envidia feroz. En Amazon premium me mandan mi bastón de alcalde catalán en 24 horas. Bueno, creo que podré esperar. Sigo mirando la tele en silencio. Temo que si doy el sonido el hechizo visual que me producen las varas al viento de la tarde en Bruselas desaparezca. Vuelvo a mirar la fregona. Es demasiado larga. Necesito ya una vara, como sea. Saco el cuchillo de carnicero que tengo para partir cabezas de corderos y le meto un tajo a la fregona. Sí, queda bien. Más o menos el tamaño que he visto por la televisión. Por fin, con mi fregona en la mano, le doy al sonido de mi televisión y me entrego a la revolución. Soy el bastón número 201.

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