Basado en perros reales

Basado en perros reales

Cada noche, la perra sin nombre dirige sus pasos, a saltitos, a la estación local y espera, plantada en el andén, la llegada del tren de las once

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

La perra sin nombre deambula por una gran ciudad de la India. Es blanca con manchitas negras y no disfruta de ninguna raza en particular. Tampoco lleva collar, chapa o jersey canino que la identifique y nos diga algo sobre su clase social. Es otra perra más, por tanto. La perra sin nombre ha parido cuatro cachorritos, que esconde en un cajón de fruta. A los que atiende, protege y alimenta. Son iguales a ella. Con las mismas orejas gachas como manoplas vacías. Nada indica que, en esa familia monoparental, haya otro adulto que ayude. En esto, también, lo mismo que tantas madres de toda especie. Humanas, incluso. La perra sin nombre podría considerarse una representación de cualquiera, cuando fluimos, anónimamente, entre la multitud, si no fuera porque atesora un secreto y, eso, la hace singular, única, especial. Tener un secreto implica tener vida propia.

Cada noche, la perra sin nombre dirige sus pasos, a saltitos, a la estación local y espera, plantada en el andén, la llegada del tren de las once. Siempre el mismo tren, a la misma hora. Al entrar el convoy con su estrépito, busca el vagón de las mujeres (en la India se mantiene semejante segregación por sexos), siempre el mismo vagón, y se coloca delante de la puerta, en actitud de recibir a alguien. Moviendo la cola. Luego, observa bajar del tren, pasar indiferentes por su lado e irse, a todas las viajeras. Resiste un poco más, como si agotara hasta la última esperanza y, sólo entonces, la perra sin nombre, se da la vuelta y, asimismo, busca la salida. Desde la penumbra de las vías, se ve de espaldas, yéndose, al tropel de matronas, cargadas con fardos y maletas, y, tras ellas, a una decepcionada perra caminando a saltitos. Y hasta el día siguiente, si Dios quiere.

La escena ha despertado la curiosidad de la gente, aunque se ignora a quién aguarda esta Penélope callejera. Ahí está el misterio. Podría ser a una señora que le daba de comer, a una dueña que se fue o a un amo que, allí mismo, decidió cambiar perra sin nombre por moza morena, recién bajada del susodicho tren. Quizá, y esta es mi teoría, al perro vagabundo que, una vez, la trató como a una dama, la sacó a cenar, la besó como si tuviera nombre y, a la mañana siguiente, se subió al techo del vagón y desapareció. Dejándole cuatro perritos. Tal vez, acuda a su cita por si vuelve él.

La perra sin nombre tiene una historia que no contar, ¿cuántas personas pueden presumir de eso? Los que aman guardan secretos. La necesidad de comida o de compañía podría llevarla a buscar, pero jamás a esperar. Es amor lo que la fuerza a volver y volver, constantemente, a por nada más, allá donde todo lo perdió. La perra es una metáfora del amor. Nuestros sentimientos están basados en perros reales. Bueno, los míos, al menos. Yo fui una perra sin nombre, justo cuando me enamoré. O el perro vagabundo, no sé.

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