Barcelona, 92-Dostoievski, 0

Sonia era de Barcelona. Parecía la niña aguja. La habían largado de la ciudad condal en vísperas de las Olimpiadas

RAFA LAHUERTA YÚFERA

Con Barcelona 92 me pasó lo de siempre, apenas me enteré de nada. Recuerdo que hacía mucho calor y que de madrugada salía a dar vueltas con la bici. Como mi admirado Xoan Tallón, yo también atravesaba mi periodo ruso. Me enamoraba de chicas difíciles que no me hacían caso y frecuentaba garitos turbios con la esperanza de comprender los mecanismos oscuros de la codicia a ras de calle. Una noche, cenando en Burguer King, se me acercó una chica extremadamente delgada. Yo leía a Dostoievski y ella se llamaba Sonia. Huelga decir que me convertí en su muñeco. Sonia vivía de alquiler en una habitación de la calle Viana. Aún tardé medio minuto en adivinar que en la calle Viana no había pisos para estudiantes. Me contó una historia tan inverosímil que di por descontado que sólo podía ser real. «Has tenido suerte», le dije, 'te creo'. Me miró con cara de pasmo. Era la primera vez que alguien la tomaba en serio. Salimos de Burguer King cuando echaron el cierre. En la plaza del Ayuntamiento no quedaba ni la sombra del caballo de la estatua de Franco. Yo calzaba 'espardenyes' de corda, ella tenía los ojos del vidrio tallado. Hacía tanto calor que le propuse ir a la fuente de la plaza Redonda a chapotear un rato. Sonia era de Barcelona. Parecía la niña aguja. La habían largado de la ciudad condal en vísperas de las Olimpiadas. 'Operació Neteja', dijo con sorna. Cómo llegó a Valencia es una novelita de John Fante. Quizás algún día coja carrerilla y la escriba. De inmediato congeniamos. Yo la idealicé como personaje de novela y ella pensó que sería fácil sacarme la pasta.

Me contó muchas cosas, la mayoría falsas. Había crecido en los pliegues de Las Ramblas, alrededor de los bares canallas. En su mirada felina maceraba la picaresca, el arrabal, la lujuria. Pertenecía al núcleo duro de la Barcelona calé. La llamaban Sonita la rumbera. Se movía con la delicadeza de una aguja. Y así la bauticé en mis diarios: Niña Aguja. Durante 6 ó 7 madrugadas de agosto coincidimos en los alrededores del Mercado Central mientras las Olimpiadas sucedían en un universo paralelo. No me acosté con ella. Mi economía no pasaba de la calderilla y ella era muy profesional. «Sólo por dinero nen, sólo por dinero». Mi amor ruso y complicado consistió en acomodarla en el manillar, llevarla de aquí para allá, pagarle la pensión una noche, invitarla a yogurt líquido que comprábamos en un antro ya desaparecido de la calle Torno del Hospital. «Que bueno eres Dosto», me susurraba la niña rumbera por las calles de Velluters. Ni en mis mejores sueños podía imaginar que alguien me llamara así, Dosto. En una de esas madrugadas blancas y tropicales me la encontré medio desnuda, con restos de papel de plata entre las manos, con la mirada perdida. Puede que ese fuera su último verano como promesa de 'Miss Rumba Barcelona'. No lo sé. Ya no la volví a ver más. En septiembre, con la rutina ya asentada, me acerqué al bar donde trapicheaba. Me dieron sus nuevas señas. Pensión Alborada, calle Álvarez. Con la ingenuidad de mis 21 años recién cumplidos me acerqué expectante. La pensión Alborada languidecía frente al palacio imaginario de Jesús Oliver, el protagonista de la novela de Joan Francesc Mira, 'Els treballs perduts'. Al llamar al timbre oí ruidos y voces al otro lado de la puerta. «¡La pasma, la pasma!», escuché con nitidez. En el rellano sólo estaba yo. Reparé en mi aspecto, pelo corto, bomber negra, rostro saludable. Fueron pocos segundos. Pensé en salir escopetado pero el menda que hacía de conserje abrió. Con voz temblorosa pregunté por Sonia. «¿Sonita la rumbera?» confirmó el gañán de la puerta. Asentí. «La semana pasada se volvió 'pa' Barcelona, pero si alguna vez la ves dile que no vuelva por aquí. Los moros la pasarán a cuchillo». Ya en las escaleras oí otra sentencia, la dedicada a mi persona. «No, no era un madero, sólo era un 'gelipollas'». Así lo dijo; con e. Esa misma tarde empecé Memorias del subsuelo, de Dostoievski.

(A mi compadre Pepe Albert de Paco, barcelonés y rumbero)

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