El Barça y el procés

JUAN CARLOS VILORIA

Los dos ingredientes que más pasiones despiertan en cualquier plazoleta nacional son el deporte y la política. Las identidades de muchas personas y sus sentimientos de pertenencia están ligados a su representación en los colores de una camiseta. Y la política se ocupa de las cosas de comer, que son tan sagradas o más que los colores de la zamarra. Por eso la historia contemporánea, desde los Juegos Olímpicos de Berlín organizados por el nazismo para proyectar una imagen de eficacia y superioridad, está plagada de la fusión de ambas pasiones. El más reciente es la instrumentalización del Barça como altavoz de las emociones soberanistas de una parte de los catalanes.

El cierre del Nou Camp a los aficionados que acudían al partido contra Las Palmas culminó un proceso de politización del club que data del final de la presidencia de Núñez. Este pasado domingo 1 de octubre, con las gradas vacías y el eco de lo balonazos rebotando en el silencio del estadio, fue la más acabada demostración de que la retórica sobre el deporte y la amistad, la transversalidad, el hermanamiento, los valores, el juego limpio, y la no política, se habían ido por el desagüe. Estaba cantado. El mismo escenario ya se había venido utilizando en los últimos tiempos coincidiendo con el procés con la complicidad de la directiva en una pringosa mezcla de pasiones por meter un gol al adversario político y al adversario deportivo. Al legendario presidente del Barça, Josep Lluis Núñez, se le podrá poner en la picota por sus negocios turbios inmobiliarios, pero siempre tuvo claro que la grandeza empresarial, deportiva y social del club requería marcar distancias con el nacionalismo, los Pujol y la plaza San Jaume.

Desde 1978 el omnipotente Jordi Pujol lanzó una y otra vez sus peones para desbancar a Núñez de la presidencia del Barcelona. Utilizó a Prenafeta, Gené, Sixte Cambra, Ángel Fernández, Alavedra. Pero Núñez, con la inestimable ayuda de un grande de la historia del Barça, Nicolau Casaus, blindó la entidad blaugrana de las garras independentistas. Joan Gaspart hizo lo que pudo en los años de transición hasta que la casa cayó en manos de Laporta iniciándose la deriva política del club. Entonces empezó el derrumbe del andamiaje basado en equilibrios sociales, culturales, lingüísticos y simbólicos que lo convertían, según el filósofo Eugenio Trías, en la única materialización del catalanismo plural. La entidad cuya grandeza deportiva se ha apoyado en el último cuarto de siglo en dos figuras extraterrestres: Johan Cruyff y Leo Messi, ha puesto el interés político por encima del social y el deportivo. Ahora su imagen bastante deteriorada se encarna en Gerard Piqué. Su perfil de jugador de póker, que esconde la jugada no es precisamente la mejor para despertar la necesaria empatía en los terrenos de juego. El Barça efectivamente es más que un club. Cada vez es más un clan.

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