BAJO LA PIEL

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La buena nueva, por así decirlo, llega, creo, desde Suecia. En cualquier caso desde un país nórdico porque estos destellos de progreso siempre nacen en las tierras de hielo. A los norteños se les supone un talento especial para desarrollar exquisita educación e inventos que favorecen la calidad de vida. Aunque luego irrumpió una pléyade de escritores de género negro que socavó este mito, ventilando la soledad, el alcoholismo y la íntima perversión de un elevado porcentaje de blondos. En fin. Los empleados de la modélica empresa lucían sonrisa beatorra y alzaban su mano como el señor Spook de Star Treck, esa especie de adusto mayordomo galáctico. Con ese gesto mostraban el chip que les habían implantado en el lateral de la mano. La ciencia ficción es cada vez menos ficción y más realidad. El chisme que, mediante una inquietante aguja, les habían introducido bajo la piel les permitirá una enorme serie de ventajas, de ahí la felicidad proyectada por esos curriquis de postín. Acercan su mano contra la puerta y, oh milagro, esta se abre sin necesidad de contacto. También usan el sofisticado fistro, oh qué barbaridad, para las impresoras y las fotocopiadoras. Aproximan la manita mágica y la máquina obedece así como por telepatía. Formidable. Y los trabajadores, encantadísimos ante estos espectaculares avances que tanto mejoran la farragosa tarea diaria. O son unos maestros del disimulo o no han caído en su condición de conejillos de indias. ¿Qué más puede ocultar ese chip y no les han avisado? A lo mejor me atrapa la desconfianza mediterránea que viene de los fenicios, pero a mí no me inyectan un chip ni de coña por si las moscas. Ni guasap tengo porque me sentiría vigilado, como para lucir un chip prodigioso. La puerta la abro con la llave y no consta que el chip ese mejore el ángulo de erección...

Fotos

Vídeos