BAJO EL PENACHO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Manejando las redes sociales, dominando los recursos básicos de la propaganda, exclamando palabrería dispuesta a galvanizar las almas sensibleras, irrumpieron en la calle dispuestos a asaltar el cielo. La corrupción brotaba bajo las alfombras de unos líderes permisivos y anquilosados, la crisis devastaba la economía doméstica de las familias y el paro alcanzaba cumbres de bochorno. No había futuro ni esperanza, pero en vez de una ola punkarrona aterrizó la marea podemita. Supieron leer las grietas del asfalto y consiguieron estupenda tajada. Sembraron mentiras oportunas, asegurando que decenas de miles de niños sufrían hambre. Los infantes famélicos no aparecieron, pero nadie les recordó la inmensa trola. Y la casta, claro. Lo de la casta fue la bandera que les otorgó respetabilidad. Hasta que ellos, a toda velocidad, también se convirtieron en casta y entonces ya nadie osó hablar de castas. La casta era chunga y malévola porque ellos, los elegidos para la gloria popular, no formaban parte de ella. Jugar a la contra siempre ayuda porque derribar resulta una tarea más apetitosa que construir. Lo tuvieron todo a su favor y desde luego ellos se aplicaron con notable astucia y no poco frenesí. Gestionaron habilidosos la ira que reptaba y se apoltronaron en el hemiciclo del congreso. Y entonces todo cambió. La calle es un terreno agradecido donde florecen las algaradas de corto recorrido y castañazo veloz. Pero hablar donde se sientan los padres de la patria exige otro esfuerzo y ahí comenzaron a naufragar. Por bisoños, por cómodos, porque en el largo recorrido se agotan. La movida independentista, entre otras cosas, ha servido para reducir a Pablo Iglesias y a los suyos a un papel de mero comparsa que yace morigerado entre el despiste y el bienquedismo. Bajo el penacho revolucionario son poca cosa.

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