BAJO UN PARAGUAS VERDE

Mª ÁNGELES ARAZO

Acuantos nos gustaba visitar el antiguo rastro, en la plaza de Nápoles y Sicilia, como señal de que la actividad había comenzado estaba abierto, enorme y extraño, el paraguas verde de Miguel Pechuán. Alto, delgado, octogenario y canoso, digamos que era un poco el patriarca de aquel mundo de gente, que colocaba mercancías dispares entre las cinco, seis casetas que sobrevivían del mercado; en rudimentarios tenderetes, y hasta en el mismo suelo, se podían ver espejos con marcos de plata dorada, bargueños, monedas, armas, muñecas de estilo victoriano, carnets de baile, planchas de carbón, quinqués de cristal, angelotes, santos, pisapapeles, pinturas que copiaban a los impresionistas y gramófonos.

Era preciso mirar y remirar; elegir, regatear. Dominaba la gente joven y los matrimonios que iban en busca de una pieza determinada para su colección. Vendedores y clientes se conocían y la intimidad se delataba al llamarse por el nombre o tomar nota del encargo: 'Descuide, la semana próxima lo tiene'.

Miguel Pechuán, amparado en el paraguas verde, lo vigilaba todo. Había trabajado ocho años en el Ayuntamiento, pero amante de lo antiguo siempre se dedicó a comprar y vender. A veces pasaba dos noches en el tren para conseguir la pieza que le pedían del rastro de Madrid. Sábado y domingo durmiendo en el vagón; «en tercera, apretujado -me contó- oliendo a sudor, a fritos de lo que se había cenado, a pies, porque la gente se quitaba los zapatos. Llegaba a Valencia con el tiempo justo para cumplir como funcionario».

Hasta que una vez se armó de valor y pidió audiencia al alcalde; y Rincón de Arellano le concedió permiso para que vendieran anticuarios en el mercadito de la Congregación. No tuvo eco ciudadano y un domingo solo acudieron dos vendedores: Pechuán y Vicente Ballesteros. «Pero, mire, como tengo fe, le pedí a la Virgen del Milagro que nos ayudara; y empezaron a venir gitanos que recorrían los pueblos, que compraban cosas de iglesias. Le hicimos una misa y la nombramos nuestra patrona». Se trata de una página de nuestra historia ciudadana, con letra pequeña. El hombre del paraguas verde fundador del Rastro.

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