Bajito y dentones

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Durante una comida chaletera de achicharramiento general y modorra a flor de piel, el talludo hijo de los anfitriones preguntó: «¿Pero quién es el Ángel Nieto ese?» Seguramente conocía a Fonsi Nieto, de verlo vía tele, no de las carreras, e incluso a la ex de Fonsi, también por la fama cañonera de los programas catódicos donde huelen las braguetas ajenas con pasión de sabueso en celo. Paquito Fernández Ochoa, Santana, Perico Fernández, Mariano Haro, Luis Ocaña, Ángel Nieto... Tampoco eran de mi época, como se dice, pero sí me llegaron los ecos de sus triunfos porque España andaba huérfana de éxitos deportivos y nuestro estandarte gastaba el color del fracaso en estos y en otros terrenos, pero sobre todo en estos. De ahí que un triunfo se recordase lustros hasta que pasaba a convertirse en leyenda y en algo preñado de superstición como las historias de la mitología griega. Nadie descubría el motivo por el cual esos chicos enjutos, de repente, campeonaban. Eran autodidactas y acaso el hambre junto con un don genial removiendo sus entrañas les impulsaban hacia lo más alto. Nuestros deportistas victoriosos, escasos como las perlas negras, espabilados como un pícaro del siglo de oro, lucían rostro de maletilla famélico que una tarde se cuela en la plaza para saltar sobre la arena y lograr repercusión gloriosa frente a los pitones letales. Ángel Nieto se jugaba la vida en aquellas curvas protegidas apenas por montones de paja porque aquellos tiempos rezumaban heroísmo de feroz guerrero. Aquellos deportistas nuestros era tipos bajitos y dentones como una versión evolucionada de Alfredo Landa. «¿Y quién es el tal Ángel Nieto?», preguntó el veinteañero húmedo de piscina. Pues mira, uno al que le negaron el Príncipe de Asturias los mismos que ahora derraman babas y sentimentalismos sobre su cadáver.

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