Avida dollars

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Unas veces prefiero al Dalí pintor y otras al escritor. Siempre amarrado a la provocación verbal y circense, el genio de la barretina afirmaba que él, en realidad, era escritor, que lo de pintar, en fin, se trataba de una afición para la cual estaba particularmente dotado. Más allá de la clásica boutade daliniana, la verdad es que Dalí manejaba la prosa mucho mejor que la mayoría de los escritores actuales. Vale la pena leerle.

El hombre del bigote apuntando a las diez y diez regresa fuerte a nuestra vera porque han exhumado su momia por un asunto de paternidad perdida. Este verano, pues, el museo Dalí obtendrá estupendo número de visitas porque todo lo que sale por la tele vende, ya sea Enrique Iglesias, los cuchillos mágicos de la teletienda o Salvador Dalí. Por aquello de su voracidad económica, uno de los gerifaltes del surrealismo, André Breton, le recolocó las letras de su nombre y su apellido para forjar despectivo anagrama que ha pasado a la historia: Avida Dollars. Más allá del indudable hallazgo, observamos que la tirria que le profesan los comunistas rococó hacia todo aquel que gane dinero de una forma lícita no data de ahora, con estos tiempos podemitas, sino que viene de lejos. Dalí, inteligencia formidable, se largó pronto de las filas surrealistas porque aquellas poses le producían risa y, además, Gala necesitaba pasta gansa para atravesar los días y las noches de manera harto confortable. Dalí fue un pionero en esto de desenmascarar a los intelecuales comunistas que vivían como burgueses y se permitían el lujo de censurar al prójimo. A Breton, a Aragon y al resto de sus satélites pelotilleros Dalí se les atragantó. No pudieron con él. Pero el tiempo reparte justicia cósmica, por eso hoy seguimos hablando de Dalí mientras que de sus antiguos compañeros apenas nos acordamos.

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