Autoridad y civilización

La vida colectiva se rige por normas y por medios coercitivos para imponerlas

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

No sois nadie para juzgarme». Así se refirió un acusado a los magistrados de la Audiencia Nacional que lo juzgaban por unos tuits ofensivos para las víctimas del terrorismo. En ellos se reía de Miguel Ángel Blanco, de los periodistas muertos en el ataque a Charlie Hebdo o de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Mientras, su abogado pretendía que lo absolvieran alegando libertad de expresión.

Lo que llama la atención no es un comportamiento incívico e insensible o una defensa que intenta llevar el debate hacia sus límites. Lo preocupante es esa percepción de falta de autoridad a quien representa la Justicia con mayúsculas.

No es una novedad como argumento ni toma de postura pero su presencia cada vez mayor en todos los órdenes de la vida invita a pensar no solo en las causas sino también en las consecuencias. Una de las quejas más frecuentes de los maestros respecto a las nuevas generaciones de estudiantes es la tendencia a restarles autoridad. Hace décadas era impensable que un alumno le dijera esa misma frase a un profesor: «quién eres tú para juzgarme». Ningún padre, además, hubiera secundado la postura, antes bien le hubiera hecho ver al niño que el único que no podía juzgar al resto era él: el profesor estaba para evaluarlo y el padre, para corregirlo. Eso, ahora, es ligeramente distinto. Lo pueden decir muchos profesores que se encuentran con un frente común hijo-padre decidido a cuestionar la capacidad del maestro para evidenciar que el niño no sabe hacer la o con un canuto.

De nuevo nos encontramos la frase en los grupos adolescentes o juveniles que se enfrentan a las fuerzas del orden alegando que no son quienes para decirles cómo vivir, cómo comportarse o cómo estar en el mundo. Es cierto que hay opciones de carácter privado que le corresponden a un sujeto y no al conjunto de la sociedad, pero la vida colectiva se rige por normas y por medios coercitivos para imponerlas. Sea contra el botellón, contra una protesta callejera sin regulación o contra el vandalismo inaceptable. Sus mayores también llevan el mismo razonamiento al Parlamento y corean el conocido «no nos representan» que no es más que una fórmula abreviada de decir «quién eres tú para hablar en mi nombre». Así, le restan poder al Congreso o a la representación parlamentaria.

Lo curioso en este último caso es que sustituyen esa representación, incompleta, defectuosa pero válida por una más incompleta, defectuosa y problemática todavía: la de la calle. Es cierto que hay muchos problemas en la relación ciudadano-representante pero al menos en esa elección todas las personas están en igualdad. Todos nos pronunciamos en el voto. En cambio en la calle hay muchos que no están ni estarán. En todas estas fórmulas subyace la misma falta de autoridad. El que se la niega a los tribunales, a los profesores o a la policía la sustituye por la propia que es justo la situación previa a la civilización.

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