La autopista A-7

Tienda de campaña

Puigdemont ha sido detenido en la autopista del Mediterráneo, el corredor que vigila una policía que aplica leyes europeas legítimas

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Según estaba previsto, la autopista del Mediterráneo tenía que enlazar con la de Madrid, que entraba por el viejo cauce del Turia, a la altura del actual Oceanográfico. Cuando más preocupados estábamos, en 1972, vino un ministro tecnócrata y dijo: «No se inquieten porque las autopistas ya no entrarán en las ciudades, sino que las rodearán: la autopista del Mediterráneo será europea, será una que irá desde Helsinki a Gibraltar».

La detención dominical de Carles Puigdemont me ha recordado aquella vieja historia. La autopista que baja desde Malmo, en Suecia, cruza el estrecho de Oresund mediante un grandioso puente y entra en Dinamarca, para seguir hacia Hamburgo, es la que nos fue anunciada en 1972, la vía paneuropea que en Alemania llaman A7. Y aunque aquí la llamemos AP7 porque cobramos peaje; aunque aquí, por pereza, la tengamos sin rematar en los tramos finales, es el Corredor Mediterráneo de carreteras por el que circulan policías europeos que cumplen leyes democráticas de obediencia europea.

Millones de españoles, el domingo, brindaron por el fin de la carrera política de un delincuente que nunca debió merecer la atención y las preocupaciones de tantos. Si el daño que ha hecho a nuestra economía ha sido muy grave, y difícil de perdonar, se trataba de esperar que España no saliera cuestionada en su prestigio y buen nombre. El desafío catalán, ese golpe de estado escenificado por unos cientos de insurrectos separatistas a lo largo de seis meses, no podía quedarse abierto dejándonos la impresión de que su principal autor seguía burlándose de una democracia legítima. Gracias a Europa, gracias al país que lidera la dignidad democrática y el mejor buen juicio político, el proyecto de un continente que comparte valores y se defiende con energía de sus enemigos acaba de tener una visibilidad práctica de la que hemos de estar orgullosos. Y si además la labor de nuestro CNI ha sido especialmente eficaz, razón de más para la satisfacción.

Si esta tropa de necios imitadores de Tejero quería un 'procés', es hora de esperar que lo tengan, con todas las garantías, ante un Tribunal Supremo al que no le tiembla el pulso. Millones de españoles volverán a brindar si, como se espera, esa legítima instancia les sienta la mano con la dureza objetiva de las leyes, sin el buenismo que siempre anida en la política para asistir a los que son de la misma especie.

Es hora de desear que la burla del catalanismo termine pronto; allí y también aquí, en tierras valencianas, donde padecemos el virus desde el primer día. Es hora de esperar que los nacionalismos vean que esto es mucho más grave aún que esa corrupción del menudeo que nos escandaliza de otros partidos. Esperemos que la Justicia abra hueco a la normalidad. Que no es otra cosa que la política concebida al pie de la Constitución para velar por la gente y sus problemas y no para romper lo que con tanto esfuerzo fue construido tras la dictadura.

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