¿Y los autónomos?

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Las tertulias de sudor y pasión saltaron desde los casinos del pueblo frecuentados por las fuerzas vivas de la villa hasta los estudios de radio y los platós de televisión, pero la fórmula es la misma: discutir, vocear y congestionarse para demostrar que vamos en serio. Claro que, antaño, una guerra mundial te daba tema para varios años y separaba a los charladores en aliadófilos y germanófilos. La gente era de Rommel o de Patton como ahora son del Valencia o del Levante. Las posiciones permanecían claras y cada bando, estrategas de salón y coñac, se atrincheraba tras su línea Maginot.

La urgencia y el frenesí lo cambiaron todo, por lo tanto, hoy, se necesitan temas para municionar esos medios que se tragan la actualidad como un inodoro bien lubricado. Cristina Cifuentes decide prescindir de sus vacaciones y se monta el lío. Opinan grandes y pequeños acerca de la obligatoriedad del descanso. Follón. Terremotito. Allá cada cual con su ocio, digo yo, sin embargo observo que, de nuevo, existe una numerosa tribu en España que se diría mantiene su invisibilidad: los autónomos, esa legión perdedora confinada en los terrenos de las segunda división de la ciudadanía como los galos de Astérix tras la empalizada de su aldea, sólo que sin, ay, poción mágica. Nadie se ha acordado de los autónomos en este debate. Porque los autónomos, en fin, no cobran si no trabajan, con lo cual pierden pasta durante las vacaciones, con lo cual ajustan sus días de veraneo a las exigencias del mercado, de los clientes, de las oscilaciones de las crisis e incluso de los caprichos del destino, si me apuran. El autónomo, al contrario de lo que creen los asalariados y los enchufados de la mamandurria política, sufrimos, padecemos, respiramos y comemos, somos de carne y hueso, no un mejunje pintoresco que jamás cae enfermo.

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