Ausente Sorolla

ARSÉNICO POR DIVERSIÓN

El Museo San Pío V debería ser a Sorolla lo que el Prado a Velázquez: el punto de referencia

MARÍA JOSÉ POU

Pensé que era una casona, anquilosada en el tiempo, elegante, antigua, pero llena de recuerdos personales que congelan una época. Una casa. Nada más. Como la de Haendel en Londres o la de Balzac en París. Sin embargo, la Casa Museo de Sorolla en Madrid me sorprendió este fin de semana como una de las embajadas valencianas más potentes de la capital. No la conocía -mea culpa- y unos amigos se empeñaron en que la visitara al grito de '¡cómo es posible que una valenciana no haya estado en la casa de Sorolla!'. Y tenían toda la razón. Inexplicable, perezosa o inconsciente, lo cierto es que era una deuda pendiente que he terminado de saldar. Y de qué modo.

Siempre evito ese empeño de los amigos madrileños por ofrecerme todo lo valenciano que se cuece en la meseta: restaurantes hacedores de paellas indescriptibles o heladerías que presumen de tener 'auténtica' horchata valenciana solo porque no es de polvos. Ahí mi morrito gourmet suele atrincherarse como en la mejor de las batallas de Juego de Tronos. En cambio, esta propuesta no tenía riesgo alguno y sí muchos beneficios en un tórrido fin de semana de julio.

Y fui. Y conocí. Y palpé. Y me topé con un homenaje al genio valenciano como solo podía esperar encontrar en su propia tierra. La colección, la oferta museística y las actividades para niños que correteaban por el jardín con una paleta de cartón en la mano eran el mejor tributo a un valenciano universal. Su taller, las fuentes y los patios de la casa, pero sobre todo sus cuadros llenando las paredes exponen al autor, su círculo, su historia y su aportación de un modo exquisito. Y la duda surge enseguida: ¿por qué Valencia no tiene algo así? ¿Por qué no es centro de peregrinación para los devotos de su arte? Es cierto que la casa está en Madrid pero sus cielos, sus olas y su luz no pueden trasladarse a la capital. Sin embargo, nuestra mejor pinacoteca, el Museo San Pío V, no ejerce de sede del grial 'sorollístico'. El San Pío V debería ser a Sorolla lo que el Prado a Velázquez: el punto de referencia, el lugar desde el que se ceden obras a otros espacios para exposiciones temporales. Aquí es al revés. A duras penas se ha mantenido la Sala Sorolla y está camino de reconvertirse. Mientras, los turistas que visitan Madrid se encuentran estos días con la exposición 'Sorolla en su paraíso' donde se recopilan fotografías magníficas que muestran al artista en casa, con la familia, con su mujer, en la playa pintando o retratando en su taller a un célebre personaje o a algunos de sus hijos. Es una muestra que no solo nos deja mirar por una mirilla el quehacer cotidiano de Sorolla sino, sobre todo, que nos abre a su mirada, el inicio de su arte. Los primeros planos de su rostro, a menudo de gesto grave, nos sitúan en el lugar de los retratados. ¿Cómo les miraba Sorolla antes de ejecutar con el pincel? Para saberlo, hay que ir a Madrid. Igualmente inexplicable.

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