Arrepentimiento pijo

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Viste pijo, piensa pijo y digamos que siempre votó pijo. Trabaja en un oficio pijo fruto de las relaciones pijas de sus familiares. Cuando estalla la llamada de la nieve que tanto nos fascina se larga para esquiar a lugares como Andorra o Baqueira, según la moda pija. Cuando los calores del verano marcha hacia Javea para practicar vela a bordo de los veleros de sus amigos pijines con bandera de Pijolandia.

Le profeso cariño porque en su desaforado pijismo es auténtico. Es incapaz de comer en un bar emparentado con los tugurios aunque el yantar sea una maravilla; prima el diseño, por supuesto pijo, a la calidad de los platos. Nada en él resulta impostado. Es pijo como otros son moteros rudos, perroflautas de roña o punkis de cresta. También es cariñoso, generoso y sincero. A estas alturas de mi vida me importa un bledo cómo vista la gente o sus manías. O son interesantes o son un muermo. Este pijo tan repijo, en sus chifladuras de hidalgo fosforescente, no deja de ser un especimen peculiar. Votó siempre al PP hasta las últimas autonómicas y municipales. «En el último momento, Ramón, he votado a Compromís. Que se joda el PP por corrupto...». Ese «que se joda» es un arrebato muy nuestro pues en muchas ocasiones se vota contra alguien, no a favor. Un par de días más tarde hablé con él. «Ya estoy arrepentido...», confesó. Podía haber votado a cualquier otra formación más próxima a sus creencias, o votar en blanco, pero le arrastró el toque emocional justo en el trance del último segundo allá frente a la urna. Según el CIS, Compromís-Podemos pierde más de 80.000 votos. Demarra la hemorragia bermellona. El voto de mi amigo pijo les aseguro que ya no lo recuperan. Lo que ignoro, una vez escapó de su voto habitual, es el camino que escogerá cuando regrese el momento de las papeletas.

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