Arrepentidos

Los tres ex presidentes pecaron, en sus mandatos, de coquetear con el catalanismo y sus manejos

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

La celebración del 15º aniversario del grupo de periódicos Vocento, al que LAS PROVINCIAS pertenece, ha regalado una magnífica ocasión a la España que observa atónita la deriva independentista de Cataluña mientras evoca el 40º aniversario de la Transición.

Pocas oportunidades como la del miércoles. Ver juntos a los tres ex presidentes del Gobierno -González, Aznar y Zapatero- fue una ocasión tan excepcional como comprobar su alto grado de sintonía en la defensa de la Constitución que salió de manos de los elegidos en 1977; una Constitución equilibrada y moderna, exquisita con el eterno problema español de las relaciones entre el Estado y sus regiones. Jamás, en aquellos años, se soñó que en España se llegara a una autonomía tan extensa, tan política y administrativamente profunda; una autonomía que en la práctica hace inútil cualquier exploración del Estado Federal, porque supondría una pérdida de capacidad de vuelo de cualquiera de las regiones federadas con respecto a sus actuales atribuciones.

Excepcional, hay que decir histórico, ese encuentro propiciado por Vocento donde nuestro director fue uno de los dos periodistas que lo dirigieron. Cuando Puigdemont parece dispuesto a descarrilar la convivencia en aras de un catálogo de ridículos sueños independentistas, la unanimidad de los tres ex presidentes fue ejemplar, didáctica y aleccionadora.

Y lo fue casi tanto como el acto de contrición que representó. Porque, curiosamente, sin que ninguno se atreviera a decirlo, los tres estaban mostrando un simbólico arrepentimiento de los errores que en su día cometieron al mostrar con Cataluña una tolerancia que con el paso de los años se va etiquetando de claudicación. Los tres fueron débiles con el nacionalismo catalán, sus prácticas y su doctrina. Los tres flaquearon -ahora se ve con nitidez- cuando no desearon que Jordi Pujol acabara entre rejas por sus manejos financieros, cuando no cortaron de raíz el expansionismo catalán en regiones vecinas, cuando supieron y consintieron el cobro de comisiones al tiempo que transigían con la inmersión de la educación en aguas independentistas.

El PSOE tiene un problema original que conocemos muy bien en tierras valencianas: le gusta coquetear con el nacionalismo. Y en busca de estabilidad política y parlamentaria se le ablandan las ideas a la primera oportunidad. Le ocurrió a González durante sus gobiernos y volvió a pasarle al Rodríguez Zapatero, cuando dijo que aceptaría cualquier reforma del Estatuto que los catalanes redactaran. Entre uno y otro, el Aznar que hablaba catalán «en la intimidad», cayó también en la misma debilidad y -cosa extraña en su carácter- se dejó seducir por el ansia de estabilidad sin cortar cuando era preciso hacerlo.

La lección, cuarenta años después, sigue siendo la misma: en España hay dos grandes ideologías, llamadas a ser turnantes; y a entenderse en el barro de la política pactando la salvación de los grandes principios. No hacerlo, es erróneo. Lo podemos ver ahora mismo, con nitidez, en el Ayuntamiento y en la Generalidad valenciana. Y desde luego, qué duda cabe, en el grave problema catalán.

Fotos

Vídeos