El arco y la tribu

CÉSAR GAVELA

Cataluña, sin el resto de España, es un país pequeño. Muy valioso pero pequeño. Y esos países pintan poco, por mucho que tengan una capital tan formidable como Barcelona. También Austria tiene a Viena y no pinta gran cosa, pese a sus méritos. Porque la magnitud física, demográfica, cultural, económica... son determinantes. Tanto es así que Europa solo podrá seguir compitiendo en el mundo futuro si se une mucho más que hasta ahora. Porque sus rivales son China, India y Estados Unidos. Con Rusia, Japón y Brasil a la zaga. No es el momento de debilitar a la Europa post-Brexit, y menos aún a través del disparate histórico, político y social que constituye el secesionismo catalán.

El camino de Puigdemont, Junqueras, Forcadell y compañía no lleva a ningún sitio. Por eso ni habrá referéndum, ni habrá independencia catalana. Pero de lo que sí se hablará mucho a partir del día 2 de octubre es de la conveniencia, o no, de hacer una reforma constitucional. Una reforma que tendría que ser sancionada por todos los españoles para, en su caso, poner al día el espíritu del llamado régimen de 1978. El mejor régimen de España desde hace más de dos siglos.

Para este nuevo horizonte al que parece estar abocada la nación y sus comunidades autónomas, tal vez habría que pensar en una Cataluña más valenciana. Y, correlativamente, en una Valencia más catalana. En el seno de una España unida y próspera. En la que la suma de catalanes y valencianos supondría más de un tercio de la riqueza de toda la nación. Cataluña y Valencia más armonizadas, serían la gran locomotora de Iberia.

Cataluña tiene que valencianizarse. Aprender de la vieja sabiduría social de nuestra tierra. Esa sabiduría que a veces se ha despreciado, tildándola falsamente como muelle. Cuando, en realidad, es una prueba de inteligencia social. De una acogida y un universalismo de fondo. Ajena a cualquier connotación tribal, que es el burdo sustrato del secesionismo catalán. Reforzado por un insolidario y ridículo supremacismo sobre el resto de España. Un complejo de prepotencia que supone un desdichado regreso al cantonalismo decimonónico, por mucho que se disfrace de progreso y modernidad.

Y Valencia tiene que hacerse más catalana. ¿En qué? Pues en asuntos muy concretos, no en el plano cultural ni identitario, obviamente. Porque ambas sociedades son diferentes y continuarán siéndolo. Pero Valencia tiene que tomar nota, por ejemplo, de que las universidades públicas catalanas son las mejores de España. Y de que las valencianas aún tienen un trecho que recorrer para igualarse a las cifras de las vecinas del norte. Y quien dice universidades, dice otros elementos de nuestra vida. Para crear un nuevo protagonismo del arco mediterráneo en Iberia. Cordial, igualitario, creativo y confiado.

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