ANZO REIVINDICADO

GRANDES ALMACENES

El IVAM expone los 'Aislamientos' del visionario artista valenciano cuya obra, por razones de mezquino vuelo, no ha sido justamente valorada hasta ahora

RAFA MARÍ

Barrio de San Bult. «La belleza surge del equilibrio entre lo matemático y lo lírico», comentaba Anzo con frecuencia. Lo dejó escrito en uno de sus textos. Eran palabras que yo no terminaba de entender. Me costó décadas hacerlo. Algunos aprendizajes son lentos. José Iranzo Almonacid (Utiel, 1931-Valencia, 2006), Anzo para el arte, tenía su estudio en el barrio de San Bult, muy cerca del antiguo cine Xerea, que fue durante unas temporadas sala de arte y ensayo.

Media hora. Anzo vivía en la calle Turia. En su casa comían en ocasiones los tres componentes iniciales de Equipo Crónica (Toledo, Solbes y Valdés), cuyo taller de trabajo se encontraba a cincuenta metros. En los años setenta y ochenta, artistas, críticos y periodistas nos reuníamos por las mañanas, con cierta frecuencia, en un bar de la zona. El momento del 'esmorzaret'. Media hora tan solo, porque el trabajo exige mucho y mas aún cuando también es una pasión. Pero aquella escasa media hora era la gloria pura.

Bromas y lamentos. Desde entonces, Anzo y yo fuimos amigos. Cuando coincidíamos en algún sitio, las confidencias, las bromas y los lamentos (mutuos) eran habituales entre nosotros. Estuve en su estudio muchas veces para entrevistarle. Su ritmo corporal pausado y su actitud, siempre afable, relajaban. Anzo tenía una dura enfermedad que parecía haber arrinconado poco a poco. Finalmente no fue así. El mal le derrotó a él cuando todos sus amigos creíamos que ya había ganado esa batalla.

Joan Ramon Escrivà y Amparo Iranzo. Once años después de su muerte, el IVAM dedica a la etapa más visionaria de Anzo -su famosa serie 'Aislamientos'- una magnífica exposición comisariada por Joan Ramón Escrivà y en la que se exponen ochenta obras, presentadas en cuatro apartados ('Aislamientos, periodo inicial'; 'Escenografías de computación'; 'Celdas, rodamientos' y 'Archivos'). Los fondos proceden del propio museo y de la Fundación Anzo que la hija del artista, Amparo Iranzo, dirige con lealtad, fe y constancia admirables.

Injusticia histórica. Anzo participó en 1967 en la Bienal de Sao Paulo y al año siguiente en la Bienal de Venecia. El año 2003, la Generalitat le distinguió con el Premio de la Artes Plásticas. Sobre su obra (con épocas pop y otras de abstracción geométrica), Giulio Carlo Argan, Juan Antonio Aguirre, Simón Marchán o Vicente Aguilera Cerni escribieron textos elogiosos. Pese a ese brillante historial, la trayectoria creativa de Anzo, por causas que me atrevo a calificar de pequeño y mezquino vuelo, no ha sido justamente valorada hasta ahora. A partir de los años noventa, el universo museístico no le ha prestado atención, salvo su ocasional participación en colectivas. La iniciativa del IVAM subsana esa injusticia histórica.

Soledad humana. Además de los 'aislamientos' (obras anticipatorias y discurso crítico de lo que ya se avizoraba), la Galería 7 del IVAM recrea el espacio de trabajo del artista, con una mesa, una silla, documentos de archivo, libros y películas que plantean el mismo debate intelectual -el ser humano cercado por las computadoras y aniquilado por sus propias invenciones tecnológicas- que tanto inquietaba a Anzo. Un mundo de amenaza y soledad, expresado de modo innovador con materiales poco o nada frecuentes en el arte: fotolitos, aceros pulidos, plásticos, rodamientos...

'Escuela de mandarines'. En el montaje del IVAM me llama la atención uno de los libros elegidos como referencia distópica, 'Escuela de mandarines' (1974), de Miguel Espinosa (Murcia, 1926-1982). Un escritor ('Tríbada', 'La fea burguesía') semi-ignorado empecinadamente por su sociedad -al igual que Anzo últimamente- bajo el peso de modas culturales copiadas, a menudo triviales y cuyo protagonismo mediático no dura mucho tiempo.

'Lo que hacemos'. En 2017 el IVAM le ha dedicado exposiciones individuales a varios artistas valencianos: Renau, Xavier Arenós, Daniel Torres, Anzo... Sabio equilibrio entre la mirada internacional y 'lo que hacemos' en la Comunitat. Eso no significa caer en el localismo. Es más bien un signo de madurez, aparte de una obligación moral y política en un museo público valenciano.

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