LOS ANTIGUOS AGRICULTORES

TEODORO LLORENTE FALCÓ

LA VALENCIA DE HACE UN SIGLO

Las nuevas generaciones de jóvenes nunca agradecerán bastante la inmensa labor que hicieron aquellas otras generaciones que vivieron en el último tercio del siglo XIX y primeras décadas del XX. La espléndida prosperidad de la agricultura valenciana a que se llegó en esas épocas, cuando ya se exportaban millones de cajas de naranjas, de cebollas y de otros productos de la tierra, todo fue obra de ellas, las cuales, por cierto, no contaron con más protección que su exclusivo esfuerzo.

·Este artículo pertenece a las Memorias de un setentón, una recopilación de evocaciones publicadas entre 1943 y 1948 por Teodoro Llorente Falcó, segundo director de LAS PROVINCIAS

Ser agricultor se tenía a gala entonces entre el señorío. Verdad es que no había los problemas del campo que luego se han mal planteado, y que el campesino vivía en perfecta armonía con el cultivador de 'chaqueta negra', y a sus huertos, a sus masías y a sus alquerías iba éste por lo menos una vez a la semana, y si preciso era hacía en sus fincas noche, y allí iba sin más equipaje que su cestita, con su sobria comida, y su canasto, para devolverlo repleto de frutas y hortalizas. En la pequeña estación lo esperaba el casero, con el carro atartanado.

-¿Cóm está el sinyor?- prorrumpía el 'so Nardo', adelantándose a recogerle al viajero todos los bártulos-. ¿Y la sinyora y els sinyorets?

-Tots bons, Nardo -le contestaba el señor- ¿Vosatros teniu alguna novetat?

Y a continuación una serie de preguntas relacionadas con las últimas operaciones agrícolas entretenían el breve viaje hasta llegar a la casa de campo. Marchaba el carrioche por la polvorienta carretera, brincando los cascabeles del caballejo, entre bosques de naranjos, unas veces, tapices de verde vegetación, otras; si eran los meses de verano, arrullados con el glu-glu del agua en las acequias y el canto del mirlo o el jilguero y bajo un sol que arrancaba vibrantes notas de color; si eran los días invernales, las rojas naranjas en los árboles y en el azul del cielo la cantadora alondra, alegraban el paisaje.

La llegada a la casa no podía ser más grata. Allí esperaba la mujer de Nardo con el jarro de agua fresca y la botella de anís, y luego de beberse un buen vaso de agua y de cambiarse la chaqueta y el sombrero, con la sombrilla dirigíase al campo, a conocer los trabajos hechos y a presenciar los que se estaban efectuando. ¡Con qué complacencia el dueño-agricultor lo examinaba todo, y con sus manos arrancaba un 'secall' y se detenía ante un árbol de hoja enfermiza para indagar la causa de este estado! Luego la comida, muchas veces debajo de la copuda higuera.

-¿El sinyor vol que li fasa algo de calent -decíale, siempre atenta, la casera.

-Grcies,Visenta -respondía aquél-. Pórtam la cistella, perque tot ho duc ya arreglat; lo que sí que voldría es un picher d'aigua fresca y que Nardo me cullguera un parell de pomes.

Y el agricultor de 'chaqueta negra', sin dificultades de carácter social ni inquietudes para adquirir los elementos de cultivo, iba creando esa inmensa riqueza que es orgullo de todo buen valenciano, y a la que han contribuido no sólo el obrero del campo, con su músculo y su sudor, sino también, y muy principalmente, aquel otro agricultor de 'chaqueta negra', con su inteligencia y sus medios económicos.

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