15 años que cambiaron el mundo

Hagan la prueba. Pregúntense a ustedes mismos o a cualquiera habitualmente conectado a Internet a su alrededor, no importa la edad. Las noticias vuelan cuando te conectas a una red social y casi nadie ajeno a la profesión puede precisar si quien se la suministró fue un medio de comunicación, un conocido, un amigo, un seguidor o alguien a quien sigues.

Los periodistas y la grandes empresas informativas hemos tenido que acostumbramos a compartir parte de un poder que antes era sólo nuestro. El poder de contarle a la gente lo que pasa y lo que les pasa. Hemos perdido la exclusividad sobre tres de las respuestas a las cinco grandes preguntas. «Qué ha pasado», «dónde ha pasado» y «cuándo ha pasado» lo puede contar cualquier persona armada de un simple teléfono móvil en cualquier rincón del planeta y con difusión igualmente planetaria al instante.

Pero el Periodismo conserva la exclusividad de la respuesta a dos preguntas imprescindibles que ordenan y jerarquizan las tres anteriores y que convierten los datos, cifras, impresiones y declaraciones en información verdadera. Las respuestas al «cómo» y al «por qué» siguen precisando de un trabajo profesional insustituible. Quien necesite algo más que impactos, quien aspire a asomarse a la complejidad del mundo seguirá acudiendo al trabajo de los periodistas. Siempre que los periodistas -y sobre todo las empresas informativas- superen a su vez la tentación de creer que lo virtual puede sustituir a la vida, a pisar la calle, acudir a los hechos y mirar a los ojos a sus protagonistas.

También hemos tenido que acostumbrarnos a recibir en tiempo real la opinión de oyentes y lectores sobre nuestro trabajo y sobre el contenido de nuestro trabajo. Ciudadanos constituidos en comunidad de intereses que comparten de forma horizontal opiniones, reflexiones e informaciones contrapuestas. Y debemos gestionar esa nueva presión con inteligencia y humildad, discriminando lo relevante del ruido, aprendiendo a veces de quienes nos critican e ignorando absolutamente a los batallones que pueblan las redes antorcha en mano dispuestos a quemar en la pira junto a sus frustraciones a la víctima propiciatoria del día o simplemente al discrepante. Cada tiempo tiene su dificultad y este es el que nos toca vivir.

Porque el peligro real de esta maravillosa herramienta que ha cambiado no sólo nuestra forma de trabajar sino de vivir, es que permite a dirigentes alérgicos al escrutinio y la rendición de cuentas obviar a los periodistas y dirigirse directamente a los ciudadanos sin someterse al principio de contradicción que representa la prensa en las sociedades democráticas. Pretender sustituir con un tuit de 140 caracteres o con un vídeo adjunto las explicaciones sobre la acción de gobierno, las estrategias o las crisis. Las 'fake news' circulan casi siempre de arriba abajo y hoy como ayer, hay mucha más posverdad intencionada en algunas explicaciones políticas que en los millones de bulos que circulan a diario en Internet. En cualquier caso, desmontar la mentira y combatir los infundios forma parte de nuestro quehacer cotidiano y parece hoy más imprescindible que nunca.

Utilidad social y trabajo no faltan por tanto para los periodistas que somos mucho más supervivientes que 'The Walking Dead', tras el tsunami económico y empresarial que todas estas transformaciones están provocando y del que todavía no sabemos cuando llegará la ola más alta.

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