AÑORANZAS

Echo de menos un tiempo en que los estudiantes encuadernaban los trabajos de fin de carrera y nunca los perdían en los traslados

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Añoro los buenos viejos tiempos, cuando los estudiantes reunían sus escasos ahorros y los invertían en encuadernar, incluso de forma lujosa, aquél trabajo de fin de carrera, aquella tesis doctoral. Las familias se escurrían el bolsillo y publicaban en el periódico una reseña, con foto a una columna del estudiante y los datos fundamentales del trabajo que le daba acceso a la profesión. El tomo encuadernado con el estudio del graduado presidía siempre la biblioteca del hogar, como un honroso escudo de armas. Y nunca, nunca, se perdía de la vista; incluso en el proceloso momento de un traslado de casa.

No añoro tanto aquellos corrales antiguos donde las gallinas picoteaban al gusto, aquí o allá, y dónde también los habitantes de la casa se veían obligados a hacer sus cosas, en ocasiones, allá o aquí, espantando si venía el caso la malsana curiosidad de las ponedoras. Los huevos camperos, los huevos de antes, aparecían en los lugares más insospechados, con las manchas más sospechosas. A la gallina estabulada moderna, ahora, la quieren liberar de la tortura del espacio escaso. Pero con su sufrimiento, alcanzamos la garantía de que el animal come siempre en el mismo lugar, bebe donde está previsto, pone el huevo y se le retira y está garantizada la retirada de sus defecaciones. No acierto a ver las ventajas del progreso gallináceo que se anuncia. Pero sabemos que pronto se inventará el cinturón de seguridad para elefantes.

Añoro los viejos tiempos en los que un alcalde impidió el derribo del edificio de Ernesto Ferrer, en la plaza del Ayuntamiento. Miguel Ramón Izquierdo, con su razonable juicio estético, tomó la decisión en un tiempo en que muchos edificios modernistas estaban bajo seria amenaza. Pero también añoro un tiempo en que había empresarios, gente decidida y valiente, con ardor emprendedor, que tomaban un cine casi en ruina, lo adecentaban, lo pintaban, cambiaban las butacas y la cabina de proyección y levantaban un negocio capaz de acallar las dudas, rumores y temores de la calle. Carceller, en 1934, fue uno de esos hombres valientes, al crear el Metropol. Yo no lloro la posible pérdida de una fachada; deploro la ausencia de empresarios que recuperen el cine que daba sentido a esa fachada.

Añoro los países donde los presupuestos no llegan acompañados de un cortejo de plañideras, sino de un ejército de diputados dispuestos a hacer valer su voto, por encima y por detrás de las siglas de su partido. Peris Mencheta, el diputado por Sueca, fue uno de esos. Mi voto a cambio de una variante de carretera; mi apoyo a cambio de que la dotación del Palau de les Arts sea igual que la del Liceo o la Maestranza. El túnel pasante puede suponer tres votos de nuestro grupo; la dotación para el transporte del área metropolitana, a cambio de cinco votos. Esa negociación, si queréis esa transacción marrullera, es la política en muchas de las más viejas democracias. Y no les va tan mal por lo que parece.

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