AÑORANZA DEL BALÓN

Echo de menos jugar a fútbol. Aunque nunca haya sido algo más que un pelotero un tanto torpe

JOSÉ RICARDO MARCH

Confieso que fui un futbolista y un futbolero tardío aunque voluntarioso. Y gracias, porque pude no haberlo sido jamás. A pesar de la insistencia de mi padre, que me llevaba cada fin de semana al mismo campo de Benetússer en el que él había jugado, yo no mostraba demasiado interés por el deporte. A mí me gustaba leer, dibujar e inventar historias. Recuerdo vagamente haber acudido a Mestalla una tarde en la que se abroncó a Espárrago. Es posible que ese, a los seis o siete años, fuera mi debut en un estadio que acabaría sintiendo como un hogar, pero que aquel día, más que por el espectáculo (o no) del césped, me impresionó por el gentío, el humo de los puros, el tapiz verde y las banderas de anfiteatro.

Pertenezco a la generación de los niños que se enamoraron del fútbol gracias a la serie 'Oliver y Benji'. La abracé con fervor desde su estreno en marzo de 1990 y fue, cómo negarlo, mi banderín de enganche para toda esta historia. Lo demás vino rodado: el primer contacto con un futbolista (Giner, en el transcurso de una entrega de premios escolares); los primeros cromos que recuerdo (los del Mundial de Italia); la primera camiseta (la de la selección española con el 5 del mismo Giner que mi padre trajo a Paracuellos un verano); el primer partido que vi en la tele (una eliminatoria de UEFA de la Real Sociedad). Semanas después me atreví a dibujar, guiado por mi padre, una alineación del Valencia que luego le mostré con orgullo. Y poco tiempo después le pedí que volviésemos a Mestalla, a los asientos que habían ocupado mis abuelos y, después, él y mi tío Paco. Quizá fuera otro, pero mi mente almacena el dato de un 6-1 al Arnedo en la Copa 91/92. Aquel supuso el estallido definitivo de la pasión futbolera. Recuerdo una cinta de casette en la que grabé, todavía impactado por aquella visita a Mestalla, una narración de un partido imaginario del Valencia en el que Vicente Mir marcaba un gol. Y también las búsquedas iniciales de información sobre el club y su historia, las libretas emborronadas con alineaciones, las tardes de vuelta del pueblo con García en la radio del coche. Mi madre suele decir desde entonces que a mí lo que de verdad me gusta del fútbol es la teoría y no la práctica.

Disiento, mamá. Es cierto que no tenía trazas de futbolista (ahora, desgraciadamente, tampoco). Llevaba unos cuatro años de retraso con respecto a los niños que jugaban en el descampado de Zafranar. Era poco o nada hábil con el balón en los pies. Decidí por ello enmendar la cuestión dando un salto de gigante: me apunté al equipo de fútbol sala del colegio. Allá jugué temporada y media y fue una experiencia ambivalente. Un año quedamos campeones y fue maravilloso en todos los sentidos. El siguiente no lo recuerdo. O sí, pero no deseo hacerlo. La diferencia radicaba, además de en las piezas, en el ajedrecista. De Félix, el primer entrenador que tuve en mi vida, solo puedo decir cosas buenas. Del otro, del que me gustaría haber olvidado su nombre, ni siquiera me apetece escribir.

Me gustaría contar lo contrario, pero desde entonces mi carrera futbolística se puede resumir, siendo generoso, como «irregular» dentro de los límites del amateurismo más estricto. Ha habido, sí, pequeños triunfos personales. He marcado tan pocos goles que los tengo tan presentes como si los viera en una película. Los dos inolvidables tantos y los abrazos de los compañeros en aquel primer año en el colegio. El golazo (voleón por la escuadra a lo Mendieta) en la penúltima jornada de la Liga Universitaria. Y aquel zurdazo, el más completo y bonito de mi vida, en un amistoso entre periodistas y exjugadores de categoría regional: salida desde atrás, dos paredes con Abel Muela (hoy en La Sexta) y balón a la escuadra. También recuerdo otros momentos menos gloriosos pero hilarantes. Como por ejemplo el gran año en el que unos cuantos profesores nos envalentonamos y plantamos cara a los bravos chavales de un instituto del extrarradio de Barcelona. Y aquella participación en la Liga Universitaria con nuestro desastroso (pero irrepetible) equipo, en el que un cabezazo en la mandíbula me rompió un diente en la primera jornada. Debí haber supuesto entonces que ese era un funesto presagio para lo que se avecinaba: unas cuentas goleadas en contra y solo un par de victorias.

Hace tres años me lesioné la rodilla bajando el Pirineo hacia Roncesvalles. No le di importancia y la cosa fue a peor. No toco un balón desde hace meses. Hoy, mientras escribo estas líneas tras una operación de menisco, me he dado cuenta de lo mucho que lo echo de menos. Pero sé que pronto volveré a chutar y a regatear. Aunque sea con la falta de habilidad de siempre.

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