André Gide en Valencia

MIQUEL NADAL

Conservo en Oliva, con las cubiertas un tanto deslucidas, los volúmenes de la celebración en 1987 del cincuentenario del Congreso de Intelectuales en Defensa de la Cultura. En mi inocente cuarto de siglo entonces, los materiales tuvieron su gracia. Tres décadas y muchas lecturas después hacen dudosa su conmemoración, e incompresible su reivindicación. Hace 30 años ya se pusieron en duda las contradicciones de aquellas fechas en nombre de la libertad. Lo dijo Octavio Paz. El Congreso de 1937 estuvo presidido por la idea de unanimidad y totalidad, y el de 1987, por la de la pluralidad y la diversidad. Frente a esta clase de noticias lo más cómodo es dejar pasarlas, pues ya se sabe que poner interrogantes es ganar etiquetas innecesarias. Hacer lo que el otro día alguien expresaba con la sentencia, rotunda, en la sobremesa de una paella. «Més val sopar dos voltes, que donar explicacions». Sopar aquí es celebrar, como en un bucle, los 50, los 80 años y los que hagan falta. Cualquier sabe hoy que aquel Congreso venía de la presencia en 1934 de Alberti, Malraux, Louis Aragon y otros en el Primer Congreso de Escritores Soviéticos y de la exportación de la iniciativa a Paris, en 1935, con la celebración del Primer Congreso en el Palacio de la Mutualité, al que tanto contribuyó otro compañero de viaje, André Gide. En 1936 André Gide publicó su Retour de l'U.R.S.S. Tan solo un año después, Retouches a mon Retour de l'U.R.S.S. El género de los viajes a Rusia era muy practicado: Stefan Zweig, Manuel Chaves Nogales, Josep Pla o Eugeni Xammar. André Gide era uno de los compañeros de viaje del comunismo. En muchos párrafos expresa su admiración por la URSS, ejemplo, guía y tantos otros tópicos. Pero el entusiasmo ya se revela con grietas. La mera descripción de las cosas no necesita ácido. No hay clases en la URSS, dirá Gide, pero hay pobres, demasiados, y sin filantropía ni caridad. Traduzco: «Dudo que hoy, en ningún otro país, salvo en la Alemania de Hitler, el espíritu sea menos libre, más doblado, más temeroso, aterrorizado, más vasallo». La mentalidad de esperar siempre a que Pravda indique la dirección del pensamiento, sin arriesgarse antes de saber qué era necesario pensar. La simpatía comienza a degradarse. ¿Dictadura del proletariado? Dictadura, sí. Pero la de un hombre. A pesar de la visión positiva de la URSS y de la ayuda a España en la guerra, los matices de los dos libros impidieron la presencia de André Gide en Valencia. Fue vetada su participación. Si se quiere conmemorar hágase, pero no en nombre de la libertad. Aquella Valencia, capital republicana, fue también escenario privilegiado de la fascinación por el totalitarismo, y de purgas y desapariciones, como la de José Robles, el traductor de John Dos Passos. Hay etapas de la historia, como los versos a Stalin o a la policía secreta, la GPU, de Louis Aragon, que conviene que cojan polvo en las estanterías.

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