Amnistía preventiva

Arsénico por diversión

Es como decir: «No es culpable pero protesto ante la posibilidad de que lo sea»

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Era inquietante. El silencio suele serlo con más contundencia que el grito amenazador o el silbido de reprobación. En torno a Santi Vila se creó ayer un halo de silencio entre quienes habían ido a las puertas de la Audiencia Nacional a apoyar a los independentistas que debió de producirle un corte de digestión o algo más. Le llamaron traidor pero no esos que arroparon con sus ánimos al resto de consellers, sino quienes portaban la bandera de España y se empeñaban en defenderla de los separatistas. Los suyos renegaron de él, como él lo había hecho del 'procés' justo a tiempo, un segundo antes de que la locomotora descarrilaba cuando el tren ya se aproximaba al precipicio a toda velocidad. Por eso callaron y le siguieron con la mirada mientras avanzaba hacia la puerta.

Vila será siempre un traidorzuelo. Para los suyos, desde luego, pero también para los demás, porque el gesto ha quedado ya vinculado a su persona. El conseller dimisionario, el pillo entre los pillos, el más listo de todos. El único que no tiene que dormir en prisión si puede conseguir el dinero de la fianza. Él y el 'Molt Ocultable' Carles Puigdemont que sigue en Bruselas, la Estoril del 'procés', para incomodidad del propio gobierno belga consciente de que su presencia puede convertirle en tierra de insolidarios con los demás miembros de la UE. Otros traidorzuelos.

Al paso que van, Rufián va a tener que tatuarse hasta en los párpados los rostros de todos los 'perseguidos' por la Justicia española -lo de la Hacienda española que paga su sueldo es harina de otro costal-. Su camiseta, con la cara de los 'Beatos niños mártires de la república', no puede dar tanto de sí. Los Jordis ocupan ya la mitad delantera y los que faltan requerirán un armario ropero propio solo para camisetas-pancarta. Si no fuera porque desconocerá su existencia, le vendría muy el recurso que suele utilizar la iglesia católica para resumir a un conjunto amplio de santos: 'Puigdemont y sus compañeros mártires', diría. Lástima que el 'Molt Ocultable' haya puesto pies en polvorosa y solo se haya dejado ver tomando café mientras sus correligionarios se ponían a disposición de la jueza. Cualquier día lo encontramos tomando el té con Julian Assange en la embajada ecuatoriana en Londres y formando los 'Huidos sin fronteras' para desespero de Theresa May.

De momento, ya hemos encontrado la palabra mágica con la que nos bombardearán durante los próximos meses: amnistía. Es el nuevo mantra otoño-invierno. Incluso algunos ya han propuesto incluirla en los programas electorales del 21-D. El problema que no han calculado es que la prisión decretada por la jueza es solo una medida cautelar y nadie ha sido condenado aún por delito alguno. ¿De qué se les va a amnistiar, por tanto? En realidad, es una reivindicación preventiva ante la sospecha de culpabilidad. Es como decir: «No es culpable pero protesto ante la posibilidad de que lo sea».

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