El amigo

¿Tendría yo un amigo fiel, incondicional, que me acompañara y pagara los gastos en el amargo exilio como lo tiene Puigdemont?

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Desde hace meses, la televisión nos muestra a Carles Puigdemont, de aquí para allá, acompañado siempre de un caballero, de barba canosa, que parece ser el que controla y facilita los pasos del prófugo. Siempre está a su lado y casi siempre habla por teléfono; algunas veces arrastra un maletín de viaje, en ocasiones parece ordenar el trabajo de la prensa arracimada. Se sabe poco de él, pero lo que trasciende es suficiente: se trata de un empresario de Gerona, buen amigo del huido; y se afirma, además, que es el que corre con todos los gastos.

De tanto verle, de observar su perruna fidelidad, he llegado a formar una obsesión que me martillea: si me encontrara en la situación del exiliado Puigdemont ¿tendría yo ese amigo incondicional? Hago un repaso y lo encuentro: sin duda habría amigos que me echarían una mano. Pero no me quedo satisfecho: ¿Lo dejarían todo para acompañarme? Es más ¿organizarían mi vida y mi estrategia, reservarían los hoteles, pagarían mis gastos en sopas y cervezas?

El amigo de Puigdemont, se ve enseguida, no es solo un secretario de gabinete que va por delante haciendo las reservas y por detrás pagando las facturas. Solo con verle sabemos que en el tren, o en la soledad del hotel, ejerce como necesario apoyo psicológico. Por más que las videoconferencias le den al prófugo el aliento de los correligionarios, y el calor de la familia, es seguro que el misterioso hombre del abrigo azul y la barba incipiente tiene un papel sustancial en la hora necesaria del hundimiento. Tiene que ser él quien diga «Vas bé, Carles, els tenim al racó, aguanta una estoneta més» y cosas por el estilo. Es él quien establecerá el paralelismo con Macía o Tarradellas, el que le inyectará coraje en los instantes sombríos. Ha de ser él, desde luego, el que le dé noticias de las debilidades de Junqueras y el que le afee la conducta de tantos y tantos que están dando el cante jondo constitucional para huir de la inevitable quema. «Mira-los, Carles, quina vergonya!».

¿Querrá ese hombre granjearse un beneficio posterior; estará pagando alguna vieja deuda? Las preguntas me martillean. Sé que tengo grandes amigos. Pero he de admitir que todos tienen sus limitaciones; todos tienen su familia, y un trabajo del que viven. ¿Existe en el mundo una lealtad inquebrantable de esa clase, un sacrificio capaz de alcanzar las últimas consecuencias?

Vuelvo a repasar mi lista. Los descarto y los recupero, en medio de creciente excitación. Y me pregunto, ya casi derrotado, si no habría un amigo que en un rasgo de sinceridad me diría una noche, ante un pozal de mejillones, aquello tan famoso de «en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño». O mejor: ¿tendría yo un amigo, que me quisiera de verdad, capaz de tomarme de las solapas, darme dos guantazos y gritar en medio de la Rue de Lombard el necesario: «¡Quieres dejar de hacer el imbécil de una buena vez!»?

Fotos

Vídeos