Amancio y la alegría taronja

Arsénico por diversión

Sin los mecenas no tendríamos este equipo campeón, ni los frescos de San Nicolás ni los centros de investigación

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

En los últimos días no he visto a nadie censurar a un mecenas valenciano, gran fortuna de nuestro país, que ha decidido dedicar elevadas sumas al servicio de los ciudadanos. No he visto, en suma, rechazar su dinero como se ha hecho con el de Amancio Ortega, dueño de Inditex, para el diagnóstico del cáncer en nuestro país. ¿Alguien se imagina a los seguidores del Valencia Basket diciéndole a Juan Roig que se quede con sus millones que ellos se encargan de sostener al equipo aunque tenga que dejar la liga ACB? ¿ O a los aficionados al running quejándose de que un empresario rico les haga un circuito por el antiguo cauce del Turia? Nadie en estos días lamenta los 200 millones que han ayudado al Valencia Basket a darnos la alegría de ser campeones. Simplemente lo han celebrado con quien los ha puesto. Es verdad que, además de la inversión, está el esfuerzo continuo de los jugadores, la lucha por ganar, la buena estrategia del equipo técnico y el apoyo constante de una afición fiel. Pero también están los millones de Juan Roig. Y los que en su momento puso Pamesa, de su hermano Fernando. Y a nadie le repugnan. A Dios gracias, porque sería de una soberbia social digna de análisis.

Sin los mecenas, no tendríamos este equipo campeón, ni los frescos de San Nicolás, ni los centros de investigación financiados por las hermanas Koplowitz; ni los estudios contra la polio pagados por los Gates o los colegios públicos construidos por Zuckerberg. Sin los ricos que, a lo largo de la historia, han hecho filantropía social o cultural con su dinero, no tendríamos la Capilla Sixtina ni la Eneida ni la Florencia que conocemos. Sin ir más lejos, sin ricos dispuestos a obtener beneficio social de sus donaciones no tendríamos hoy la Lonja de Valencia, orgulloso Patrimonio de la Humanidad de nuestra ciudad. Quienes la hicieron entonces pretendían presumir, ganar estatus y posiblemente ejercer de lobby y tener buen trato por parte del entorno. Lo mismo que ahora con la diferencia de que ahora tenemos más capacidad de fiscalización y de reclamación del cumplimiento de sus deberes ciudadanos. En cualquier caso que esa capacidad no exista o sea insuficiente no invalida los fines a los que responde la donación. El fin no justifica los medios, sin duda, pero tampoco los invalida a priori.

Las críticas no son descabelladas pero sorprende que se apliquen solo en determinados casos. Lo que molesta no es cuestionar las decisiones o los peajes que el mecenazgo provoca. Ese es un debate sensato. Lo llamativo es la incoherencia. Algunos intelectuales que braman contra el dueño de Zara suspiran por el Premio Planeta, una clarísima estrategia de marketing de José Manuel Lara. Y hay quienes censuran la filantropía de un rico español del Ibex-35 utilizando dos grandes empresas que cotizan en Wall Street como Facebook y Twitter. Sus tuits antisistema les hace ganar dinero. ¡Qué contrariedad!

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