Del altruismo al vedetismo

ARANTZA FURUNDARENA

Soñaba con parecerse a la madre Teresa de Calcuta. Pero tenía mucho más de estrella de Hollywood que de líder espiritual. Aunque en la cultura pop ambas cosas a menudo se confundan. Su propia forma de morir, perseguida por los 'paparazzi' mientras atravesaba París a toda velocidad en un coche de alta gama conducido por un chófer, junto a un novio millonario y tras haber cenado en el Ritz, la retrata exactamente como lo que era: una princesa de la jet-set con una vida de lujo, a años luz de los parias de la India.

Y sin embargo Diana tenía un don especial para tocar el corazón de la gente, para lograr que el ciudadano de a pie llegara a creer de verdad que ella era de los suyos. Con aquella mirada cabizbaja de chica tímida y aparentemente recatada, con su pregonada inseguridad, bordando el papel de víctima, se metió en el bolsillo a toda Gran Bretaña y parte del extranjero. Los que tuvimos el privilegio de vivir hace veinte años aquella irrepetible semana de duelo en Londres no olvidaremos la catarsis colectiva que produjo la muerte de Lady Di, que convirtió la ciudad del Támesis en un diván gigantesco. Diana no tenía conciudadanos ni súbditos... Lo que tenía eran fans.

La lloraron como se lloró a Elvis y más tarde a Michael Jackson. Esta periodista recuerda, frente a Buckingham y Kensington, aquellos improvisados altares hechos de ramos de flores, velas, globos en forma de corazón y peluches con mensaje. Veinte años después esa expresión de luto, un tanto folclórica y pueril, está asumida y globalizada. Se repite atentado tras atentado, lo mismo en Barcelona que en París. Pero entonces todavía resultaba un poco chocante. «Fuiste una dama, luego una princesa. Nunca una reina. Ahora eres un ángel. Te merecías más», rezaba un mensaje.

A Mohamed Al Fayed, virtual suegro de Diana, se le ocurrió colocar un libro de condolencias junto a la puerta número siete de sus célebres almacenes Harrods, en el escaparate correspondiente a las gafas de sol de marca y los complementos... Un lugar muy idóneo para una mujer que fue icono de la moda y el estilo. «Diana y Dodi, hasta que la prensa os separe», escribió un espontáneo.

La prensa fue para Lady Di una bendición y un tormento. La rehuyó y la buscó a partes iguales. Lo mismo huía del ojo público que acudía rauda al plató de una televisión buscando la lágrima fácil y la complicidad de la audiencia. Sin aquella sobreexposición mediática Diana quizá hubiera tenido una vida más larga, pero no tan estelar, tan intensa, tan repleta de adhesiones. Y eso es lo que ella necesitaba: sentir que el pueblo se ponía de su parte y en contra del príncipe Carlos.

Fue su especialización en el papel de víctima lo que la llevó a empatizar con los parias, «ya fueran enfermos de sida del Este de Londres, leprosos en India o jóvenes adolescentes que han perdido su pierna por una mina en Angola», como ha recordado su hijo Enrique. Veinte años atrás, la imagen de los adolescentes Guillermo y Enrique caminando derrotados tras el féretro de su madre, coronado por un centro de flores con un sobre donde podía leerse con letra infantil 'Mummy' (mami), era algo que helaba la sangre. Hoy, a una madre muerta a los 36 años es normal que la tengan mitificada, que deseen recordarla por su faceta altruista y prefieran olvidar su innegable vedetismo mediático.

Pero Diana fue más Marilyn que Madre Teresa. Por eso a Elton John le costó tan poco adaptar 'Candle in the wind'. Y no falleció salvando vidas... Murió de una sobredosis de fama.

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