Alicante como síntoma

La guerra por mi cuenta

La cuestión no es tanto lo que el PP pueda hacer de aquí a un año, como lo que este episodio nos revela respecto de la izquierda valenciana

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Aunque para la mayor parte de los medios el titular periodístico haya sido el de que el Partido Popular recuperaba la alcaldía de Alicante, lo cierto es que la noticia política de la semana en la Comunidad Valenciana no ha sido tanto esa, como su reverso: la de que eran el PSPV -y, por extensión, la izquierda valenciana-, los que perdían la alcaldía de nuestra segunda ciudad.

Y es que esta otra manera de referirnos a ese mismo hecho se compadece mucho mejor con la realidad de un proceso en el que los populares se han dedicado a contemplar confortablemente instalados en sus escaños cómo la mayoría de izquierdas del consistorio alicantino empezaba a fracturarse, cómo el liderazgo del alcalde Echávarri empezaba a hacer aguas, cómo la conexión de éste con el President Puig y con el resto de su partido cortocircuitaba, y -finalmente- cómo los infantiles errores de estrategia de las últimas semanas les servían en bandeja un plato que ni siquiera sabían que siguiera formando parte del menú. Y por el que no han tenido que mover ni siquiera el dedo con el que habitualmente se llama al camarero.

Y por ese mismo motivo, una vez cumplido el protocolo del relevo, el interés del asunto no radica tanto en lo que Luis Barcala pueda hacer al frente del consistorio en los pocos meses que le quedan hasta la cita electoral de mayo del 2019, como en lo que una mirada retroactiva a este chusco episodio nos pudiera revelar respecto de lo que a la izquierda valenciana le espera a la vuelta de la esquina. Y el panorama no es halagüeño.

El desenlace de estos tres años de tripartito en Alicante revela, de entrada, que la izquierda valenciana no está tan vacunada contra la lacra de la corrupción como durante años llevan tratándonos de hacernos creer, de modo que basta con dejarles gobernar un rato para que acaben incurriendo en los mismos errores que sus predecesores populares. Revela que apuesta de Podemos por enterrar la «vieja política» -léase: el personalismo, el clientelismo, el desprecio hacia la voluntad de los electores...- no ha llegado a calar en el partido o, siendo generosos, fue confiada a tipas a las que yo particularmente no les prestaría ni un mechero usado. Revela que los mecanismos de colaboración del tripartito, que nunca estuvieron particularmente bien engrasados, chirrían más cuanto más cerca se adivinan los siguientes comicios. Y revela, claro está, lo que el artículo 196.c) de la Ley Electoral tan inesperada como contundentemente nos ha recordado: que incluso en medio de la crisis económica y de los escándalos de corrupción que le rodeaban allá por 2015, el Partido Popular siguió siendo la formación más votada en la ciudad de Alicante. Y en su provincia. Y en toda la Comunidad.

Que tome nota quien deba hacerlo, y así tal vez se evite alguna sorpresa el último domingo de mayo del año próximo.

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