¿Pero hay alguien más?

Héctor Esteban
HÉCTOR ESTEBANValencia

La llegada de Marcelino me recuerda mucho a uno de los chistes más famosos del recordado Eugenio. Aquel en el que un tipo que perseguía a una 'papallona' caía por un precipicio de mil metros y angustiado sólo recibía la respuesta del eco ante su pregunta de si había alguien. Cuando ya asumía su infortunio, en una de esas preguntas respondió Dios para decirle que se dejará caer para que el Arcángel San Gabriel lo tomara en brazos para devolverlo a tierra firme. Ni la divinidad sirvió para que el afectado tuviera fe en su salvación. «¿Pero hay alguien más?», clamó desesperado.

El chiste refleja la situación real de un Valencia que vuelve hoy al tajo con los deberes por hacer. La operación salida sufre un tapón descomunal -tan sólo Ryan y Enzo han dejado un barco con exceso de pasaje- y las entradas ahora mismo son una entelequia a causa de la falta de liquidez. Esta es la realidad de un equipo que ha caído en el precipicio de la medianía por la nefasta gestión de un propietario ausente y alejado de la exigencia que reclama un club de fútbol como el Valencia.

El director general, Mateu Alemany, trata de arañar tiempo con sus declaraciones y ganar alguna mano en esta partida de truc con «huits i nous». Mientras tanto, el nuevo presidente, Anil Murthy, enlata sus declaraciones a imagen de sus superiores. Es bisoño todavía para encara a pecho descubierto una rueda de prensa en la que no se siente seguro.

Ante la falta de noticias, Marcelino es el clavo ardiendo. Primero para los aficionados, que confían en el buen hacer del asturiano y en su fama de sargento de hierro. Y en segundo lugar, para los gestores del Valencia, que sin novedades estiran el chicle del entrenador como el principal activo para recuperar el proyecto. La grada no desconfía del entrenador pero como en el chiste se angustia al preguntar: «Sí, ¿pero hay alguien más?».

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