ALFONSO GUERRA, OTRO FACHA

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Demonizado desde hace años por la izquierda radical al ser uno de los protagonistas principales del ahora denostado por los populistas «régimen del 78» y ninguneado por la actual dirección de su propio partido, que no ve en los artífices de la Transición un legado que lucir y del que presumir sino una rémora vergonzante a ocultar, el exvicepresidente del Gobierno pronunció el pasado lunes en Valencia la primera conferencia del ciclo que con motivo del 40 aniversario de la Constitución ha organizado el Colegio Notarial. En términos taurinos podría afirmarse que no sólo agotó todo el papel, con unos salones repletos hasta las escaleras, sino que además cortó las dos orejas y el rabo, con salida a hombros no hasta la calle Játiva sino hasta Pascual y Genís, sede de la entidad convocante. Si ahora es uno de los blancos de las iras de los que abiertamente pretenden derribar el sistema político que se construyó tras el desmantelamiento de la dictadura, en su etapa como vicesecretario general del PSOE y vicepresidente del Ejecutivo de Felipe González concentró el odio de la derecha y de los conservadores, que lo consideraban poco menos que la encarnación del diablo, el enemigo público número 1. Apartado ya de la primera línea, suavizado por el paso de los años pero con el gracejo sevillano y la sorna corrosiva que le caracterizan, Guerra es hoy día más admirado y aplaudido por la derecha que por la izquierda. La razón es muy sencilla y hay que ir a buscarla a la parte final de su conferencia, cuando al ser preguntado por el problema de la articulación territorial de España se cuestionó cómo es posible que se diga que gritar gora Euskadi o vixca Catalunya es progresista y sin embargo si uno grita viva España es calificado inmediatamente como un facha, o qué país es este en que un par de guardias civiles y sus novias son objeto de un linchamiento en un bar y meses después en la calle se manifiesta mucha más gente a favor de los agresores que de los agredidos. El exnúmero 2 del PSOE alertó contra el populismo demagógico e irresponsable, defendió la Constitución como logro de un consenso que no es otra cosa que la suma de las renuncias de los distintos partidos que participaron en su redacción y abogó no por una reforma integral de la Carta Magna sino por retoques y actualizaciones que la mejoren sin por ello perder sus señas de identidad. Ni que decir tiene que este discurso le parecerá rancio, anquilosado, sistémico, continuista, contemporizador y españolista a la izquierda que quiere dinamitar la Transición, sus logros, su espíritu y su mejor obra: una Constitución que ha permitido el mayor período de paz y prosperidad en democracia de la historia de España. Ada Colau lo resumiría de forma muy sencilla: Guerra también es un facha.

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