LA ALEGRÍA PERDIDA DE LA HUERTA

F. P. PUCHE

LA VALENCIA QUE YO HE VIVIDO

En el otoño de 1972, el que suscribe fue llamado a capítulo, por segunda vez, por el señor gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, don Antonio Rueda y Sánchez-Malo. Te llamaban desde su secretaría y tú tenías que ir a verle al despacho oficial, en el Temple, a sabiendas de que te caía, como mínimo, una reprimenda, con apercibimiento, bronca y afeo de conducta, a causa de algo que habías publicado, en este caso en el diario LAS PROVINCIAS.

¿De qué se trataba? En esta ocasión era por haber escrito que la Guardia Civil se había replegado prudentemente, para evitar males mayores, en el curso de una manifestación de agricultores, expropiados para la construcción de Mercavalencia. Los huertanos estaban aquel día levantiscos, bastante enfadados y tensos, y el suboficial que dirigía la fuerza pública, entonces solo pertrechada con el fusil ametrallador reglamentario, optó por la templanza, la contención y el repliegue, lo que sin duda evitó males muy mayores. Sin embargo, al señor gobernador no le gustó la imagen de mi crónica, argumentó que el enfoque iba en detrimento del prestigio y el respeto a la Benemérita y al periodista le cayó el chorreo reglamentario, con un solemnísimo «que no se vuelva a repetir».

El primer gran «bocado» que dimos a la Huerta de Valencia fue el destinado a trazar un nuevo cauce para el río Turia, de 12 kilómetros de longitud, entre Quart de Poblet y Pinedo. Las expropiaciones, presupuestadas en 1.500 millones de pesetas, sacrificaron no menos de 400 hectáreas de cultivos. La construcción del parque de vías de Fuente San Luis para el nuevo plan ferroviario derivado del Plan Sur, supuso también, junto con los nuevos accesos por carretera, un notable recorte, amén de docenas de alteraciones en trazados de acequias y caminos rurales.

El sacrificio exigido para levantar Mercavalencia en su primera fase fue de unas 30 hectáreas. Pero se unían geográficamente a las instalaciones ferroviarias y, más tarde, a las de depuración de aguas, de modo que la orilla izquierda del nuevo Turia, en su tramo final, sacrificó no menos de un millón de metros cuadrados, junto con docenas de viviendas. Con el problema añadido de que en muchos casos la tierra se trabajaba por arrendamiento, con lo que el agricultor podía quedar desamparado.

Mercavalencia, expropiaciones aparte, nació entre un rosario de tensiones que amargaron la vida política del alcalde Vicente López Rosat. El papel inicial de Mercasa, su salida, los avales necesarios, la reducción del área de ocupación inicial, el ciclo expropiatorio y de justiprecio y las complicaciones de la obra, alargaron el proceso desde 1967, año de constitución de la empresa, hasta 1976, en que otro alcalde, Miguel Ramón Izquierdo, inauguró la primera fase, la Lonja del Pescado.

Aunque el Plan Sur había recomendado que la ciudad creciera hacia el secano, vendrían enseguida las expropiaciones para la nueva Universidad Politécnica en la huerta de Vera, al norte de la ciudad, donde se estaba trazando también, en los sesenta, el nuevo acceso de Barcelona, ahora en proceso de ampliación.

No, la estampa idílica de un vergel, y de unos huertanos felices en su pequeño mundo, dista mucho de ser fiel a la realidad. La Huerta de Valencia -que debe su fama de verde sobre todo a la época en que las moreras llenaban el paisaje para servir de alimento al cultivo de millones de gusanos de seda- ha sido un espacio de pobreza, esfuerzo y gran sacrificio. El paisaje ideal de las barracas está sostenido por la literatura y el arte, pero Blasco Ibáñez fue el primero que no quiso endulzar la estampa, sino pintar con realismo y brochazos duros lo que se podía ver en el interior.

Es el observador urbano, antes como ahora, el que, desde lejos, considera felices a las personas que trabajan en la huerta. La suya es una contemplación etnográfica y curiosa, como de 'reserva', donde no es posible una identificación.

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