Alcorques

En algunas ciudades del mundo hay asociaciones privadas que los convierten en pequeños jardines

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Casi me da algo, de la emoción. El caso es que he oído un ruido de motor y me he asomado. Para descubrir con alegría que lo producía una colla de tres personas, empleados de uniforme de la contrata municipal, que se dedicaban a limpiar de maleza los alcorques: uno iba por delante con la desbrozadora, el segundo reunía los restos segados, el tercero acarreaba el contenedor... Tras ellos, los árboles quedaban liberados y limpios.

¿Podría conseguirse el mismo efecto tirando un poco de herbicida en cada uno de esos metros cuadrados de jardín? Se podría, sí. Pero no se quiere. No lo quiere el ecologismo del Ayuntamiento del señor Ribó y me parece que tampoco lo permite la normativa europea para el uso de herbicidas, que es mucho más radical y exigente que el alcalde. El caso es que, a pesar de la grave sequía, y justo porque no se usan herbicidas, los alcorques de la ciudad están selváticos y gigantes, casi a punto de servir de cobijo a Tarzán y la mona Chita. Por eso hay miles de ciudadanos, muy exigentes en esas cosas, que proclaman que la ciudad está fea, que se ve demasiada basura, que las pintadas no se quitan, que hay menos luz eléctrica que nunca y que los de la limpieza no se esmeran.

Viendo avanzar a los de los alcorques y su desbrozadora mágica, me he acordado de algunas grandes ciudades americanas y de sus preciosos alcorques. Muchos barrios de San Francisco y Nueva York, por poner solo dos ejemplos, fascinarían a los exigentes valencianos: los alcorques no solo están limpios de broza y suciedad, sino que son macizos generosos donde las flores se acumulan durante los meses cálidos. Cada uno, en el hermoso verano, compite con el vecino en belleza y atractivo...

Claro que en Estados Unidos, y en no pocos puntos de Europa también, esa tarea no corresponde al Ayuntamiento ni de lejos, porque es responsabilidad particular. Son los vecinos, es la comunidad de vecinos la que mantiene limpias y adornadas las aceras: en verano se riegan con mangueras y en invierno se quita escrupulosamente la nieva para que nadie resbale y acabe poniendo una demanda.

Claro está que eso se ve en los barrios ricos o muy ricos y no se ve en los pobres. En las zonas elegantes de Nueva York hay carteles para advertir a los dueños de los perros que protejan las flores del husmear de sus mascotas; y hay una labor diligente de jardineros privados pagados por la comunidad de vecinos. Pero ¿qué ocurre en las esquinas, en los recodos y en los espacios no atribuibles a la propiedad? Es ahí donde se observa el grado de cultura y civilización: en San Francisco, el mecenazgo consigue que haya entidades, asociaciones cívicas, que cultivan esos espacios 'de nadie' y los convierten en pequeños jardines: allí crecen, entre gruesas piedras de arroyo, especies que no necesitan flores para ser bellas ni son exigentes en el riego.

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