EL ALCALDE LIBERAL

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Creíamos que en la ideología del alcalde de Valencia pesaba por encima de todo su condición de veterano comunista y resulta que no, que en el fondo es un liberal. Aunque sea a días. Es verdad que de vez en cuando le sale el ramalazo de dirigir hasta el extremo la vida de los personas, de los vecinos de su ciudad, como cuando les recomendaba que dedicaran el domingo a pasear o a ir a misa pero no a comprar, si bien por aquel entonces el negocio on line ya había arruinado su infantil ilusión de proteger así al pequeño comercio frente a las grandes superficies. Pero ha sido en estas pasadas Fallas cuando se ha mostrado como un aventajado discípulo de Adam Smith y su famoso «laissez faire, laissez passer», en su caso no para aplicarlo a la economía -como proponía el pensador británico y padre del liberalismo- sino a la regulación de la actividad urbana durante las fiestas. Su «no cabe una ley seca» vendría a ser más o menos un «ancha es Castilla» si no fuera porque en el alcalde de Valencia pesa también (aunque menos) la condición nacionalista de Compromís, por lo que citar a Castilla -aunque sea en una frase hecha- está muy mal visto. En cualquier caso, lo que está fuera de discusión es que Ribó no quiere que la policía actúe en las numerosas zonas de Valencia donde el botellón se apodera del espacio público hasta degradarlo y deteriorarlo gravemente. Tampoco está por el intervencionismo en la fiesta a la hora de poner orden y meter en cintura a esas comisiones que piden permiso para organizar verbenas e instalar churrerías y 'food trucks', cuyos ingresos dedican en mayor parte no al monumento ni a la iluminación o decoración de la calle sino a una gigantesca carpa en la que unos pocos beben, comen y bailan con la música a todo volumen. No, ahí es un liberal avant la lettre, dejar hacer y dejar pasar. Asunto distinto es cuando se trata de encuestar a los falleros para saber si son de derechas o de izquierdas, que en ese punto sí que está interesada la máxima autoridad municipal y su delegado, el concejal Fuset. Cuando se trata de incrementar los impuestos a los negocios legales, surge el político de profundas convicciones hiperreguladoras, el hombre de izquierdas, ese veterano comunista que decía al principio que cree firmemente en el papel del Estado. Pero si hay que perseguir a los manteros, a los que venden latas de bebidas en las mascletaes o controlar a los puestos callejeros que ofrecen productos para los que no están autorizados, entonces aparece el inesperado estadista liberal, laissez faire, laissez passer. Aunque los buenos liberales seguro que se enfadarían con esta equiparación y me replicarían (probablemente con razón) que lo de Ribó no es de ser liberal sino de ejercer de ácrata, que desde luego no es ni parecido.

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