Albiol con los agresores

Pedro M. Campos Dubón
PEDRO M. CAMPOS DUBÓNValencia

Jean-Claude Juncker es un tipo especial. Jamás fallecerá por morderse la lengua. Preside la Comisión Europea con la convicción de respetarla. Se las tuvo tiesas con el eurófobo Nigel Farage cuando le preguntó que qué hacía allí y no tuvo reparos en criticar a los estados por el fracaso del reparto de refugiados. El último episodio ha acabado en bronca a los eurodiputados por el absentismo. Menos del 5 % de los 751 escaños de la cámara estaban ocupados en una sesión sobre el balance de la presidencia maltesa de la UE. «El parlamento europeo es ridículo. Muy ridículo», gritó al aire Juncker. Tan estrafalario que permite que en ese templo sagrado del europeísmo se dé cobertura a los agresores de Alsasua, los nueve jóvenes que serán juzgados por terrorismo tras atacar a dos agentes de la Guardia Civil, uno de ellos de Puçol, y a sus parejas en la localidad navarra. Y la persona que se reunió y compareció junto a los familiares de los acusados fue la eurodiputada valenciana Marina Albiol. Clamaba para que no sean juzgados por un delito de terrorismo. Se le olvida que los agredidos fueron los agentes del orden, uno de ellos, por cierto, tan valenciano como la política. Pero esta es la manera de defender los intereses españoles en Bruselas de la dirigente de Izquierda Unida. ¿Para este tipo de cosas vale la Comisión Europea? ¿No hay nadie que bloquee tan repugnantes iniciativas? No sólo de arrancadas a voces se tiene que valer Jean-Claude Juncker para darle valor al hemiciclo, también hay que evitar que aquellos para los que la fiscalía pide 50 años de prisión encuentren allí cariño. Lo de Alsasua fue una trampa, un ataque premeditado por una multitud de extremistas, pero para Albiol la cobarde agresión se ha quedado en una «pelea de bar». Su opinión está tan distorsionada como su ideario político.

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