La alargada fortuna del ciprés

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PEDRO PARICIO AUCEJO

Si está en lo cierto la novelista iraní Sahar Delijani (1983) cuando afirma que «todos llevamos un árbol dentro», el ciprés sería uno de los que más abunda en la interioridad humana. De rápido crecimiento y larga vida, su copa cónica y perenne follaje de diverso colorido -mi predilecto es el verde grisáceo, casi azulado, de la variedad 'Cupressus arizonica'- le otorga una apariencia robusta y tupida. Se trata de una afortunada especie vegetal consolidada históricamente en nuestras latitudes mediterráneas, hasta el punto que, durante el período clásico de las culturas griega y latina, fue atributo de divinidades masculinas y femeninas. ¡Pero, hoy en día, ha batido todo récord de ubicuidad!

Además de su tradicional presencia como árbol ornamental de los cementerios, observo el significativo predominio de su uso para setos y vallados, no teniendo rival en viviendas de zonas residenciales, parques, jardines públicos y caminos. Mientras que en el entorno de carreteras y grandes vías con intenso tráfico se emplea como pantalla acústica, en regiones agrícolas se utiliza como cortavientos y, en los últimos tiempos, se ha hablado también de su supuesta capacidad como cortafuegos natural. Esta última función le ha llevado a ser objeto de una interesante controversia científica entre los especialistas detractores del mito de los cipreses ignífugos y los partidarios de que esta conífera contribuya a la lucha preventiva de grandes incendios forestales, al frenar el siniestro y facilitar el trabajo de extinción.

Y es que estamos ante una especie arbórea con mucho éxito, pues la abundancia de estos cometidos en la vida cotidiana se ha visto enaltecida por la buena suerte experimentada simultáneamente en la historia de la literatura. Si nos ceñimos sólo al ámbito de nuestra lengua, la fortuna de que ha gozado este árbol ha sido refrendada tanto en el género novelístico como en el poético. El gerundense José María Gironella (1917-2003) llevaba también un ciprés en su interior. Lo encontró con ocasión de la escritura de su novela 'Los cipreses creen en Dios' -crónica de la época de la Segunda República-, en la que relataba la división de nuestro país en dos bandos irreconciliables como proceso desencadenante de la guerra civil. Del mismo modo, el corazón del vallisoletano Miguel Delibes (1920-2010) estuvo tan embelesado por aquel árbol que se sirvió de él para dar título a su primera novela -'La sombra del ciprés es alargada'-, donde se compendian algunas de las claves vitales de la cosmovisión de su autor.

Pero fue, sobre todo, el santanderino Gerardo Diego (1896-1987) el que, con un solo poema (el del soneto dedicado al ciprés que encontró en su visita a la burgalesa abadía benedictina de Santo Domingo de Silos), engrandeció la silueta de tan longeva conífera: «Enhiesto surtidor de sombra y sueño/ que acongojas el cielo con tu lanza./ Chorro que a las estrellas casi alcanza/ devanado a sí mismo en loco empeño./ Mástil de soledad, prodigio isleño;/ flecha de fe, saeta de esperanza./ Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,/ peregrina al azar, mi alma sin dueño./ Cuando te vi, señero, dulce, firme,/ qué ansiedades sentí de diluirme/ y ascender como tú, vuelto cristales,/ como tú, negra torre de arduos filos,/ ejemplo de delirios verticales,/ mudo ciprés en el fervor de Silos».

Sin embargo, fue tal su admiración por él como símbolo del destino humano que, junto al ciprés contiguo a la sepultura de este representante de la Generación del 27, en el madrileño camposanto de Pozuelo de Alarcón, figuran en una placa sus sublimes versos: «Ya me tienes vaciado,/ vacante de fruto y flor,/ desposeído de todo,/ todo para ti, Señor». Abocado a un horizonte de permanente infinitud, este epitafio revela la actitud de quien, dispuesto a dejar que Dios sea plenamente Dios, experimenta el vaciamiento de su propia voluntad para vivir sólo por y para el Creador. Ello es así porque, sin pérdida de la identidad que le es propia, cuando la individualidad está penetrada por los bienes del espíritu, se diluye en la plenitud de una realidad eterna en la que se produce el encuentro con seres absolutamente vivos, en los que se da la vida en su máxima expresión.

Se trata del acceso a la dimensión de una vida superior, cuya presencia revela que el plan divino diseñado para el hombre no es vivir un número limitado de años, sino vivir para siempre. He ahí lo decisivo: no la inevitabilidad de la muerte sino la de una inmortalidad sin las angustias de este mundo estrecho, sin el desespero de una tierra que inquieta, sin la impaciencia de un tiempo que huye, sin el encorsetamiento de una materia que grava, sin el cansancio de cargas que abisman, sin el agobio de urgencias sin sentido, sin la ansiedad de la nada aterradora, sin la pena de una alegría que no se sabe definitiva. Es una inmortalidad que nos abre a la gran revelación: que la vida es Cristo, que sólo Él sabe que el precepto del Padre es la vida eterna y que sólo Él es quien nos la da para que no perezcamos para siempre.

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