LO QUE ERA LA ALAMEDA

TEODORO LLORENTE FALCÓ

LA VALENCIA DE HACE UN SIGLO

El paseo de la Alameda, en los tiempos juveniles del articulista, era cosa muy diferente a lo que es hoy. No porque fuesen distintas la traza de sus andenes ni la de sus jardines; en esto, salvo el asfaltado de la pista, el arreglo del arbolado del andén lindante con el río y la posterior prolongación hasta el puente de Aragón, no ha habido variación. Pero lo que ha cambiado totalmente es el uso que se hace de este paseo de ayer a hoy.

·Este artículo pertenece a las Memorias de un setentón, una recopilación de evocaciones publicadas entre 1943 y 1948 por Teodoro Llorente Falcó, segundo director de LAS PROVINCIAS

Los amplios andenes de la Alameda permanecían solitarios durante todo el día, con la excepción de las mañanas de los domingos y demás días festivos. Esto, ni más ni menos como sucede hoy. Pero el paseo clásico por la Alameda era durante la tarde, cuando el sol caminaba hacia el ocaso y las sombras crepusculares hacían acto de presencia.

La pista central llenábase de coches que, uno tras otro, al paso, formando inmensa rueda, daban vueltas y más vueltas a lo largo de ella. Y así se reunían cuatrocientos, quinientos o más faetones, con sus elevados aurigas de levitón y sombrero de copa en los pescantes; un par de carretelas o 'landeaux' lujosamente presentados, varias berlinas y unos cuantos coches ligeros de la pollería, y allí se pasaban una o dos horas vespertinas sin más distracción que saludarse las ocupantes de los coches unas a otras con una inclinación muy reverente o un inexpresivo movimiento de la mano derecha por fuera de una de las ventanillas.

Iban por el centro de la pista central los coches de más lujo, y los más ligeros, siempre a galope de sus corceles. Los de la rueda, de cuando en cuando salíanse de ella y hacían una carrera por el centro. Ése era el más gustoso aliciente, porque era la manera de hacerse más visibles los que iban en su interior.

Por el andén del río no paseaba nadie; por el otro, por el del plantío, como se llamaba, los 'pollos', que acudían allí para repartir sombrerazos a diestra y siniestra, como manifestación de suprema distinción entre las damas. Éstas no se apeaban jamás de su coche. Eso no era de buen tono. Las hijas, siempre con sus madres, sin descomponer el gesto, no tenían otro atractivo que los sombrerazos de los 'pollos'.

Entonces lucíanse buenos troncos de caballos extranjeros y españoles, y se presentaban lujosos trenes. Valencia conservaba la nota señorial de su historia, que ahora se ha perdido mucho. Ya bien entrada la tarde, entre densas sombras, se iniciaba el desfile. Una vocecita, por el teléfono de goma, decíale al cochero: «A Valencia», y el cochero ya lo sabía: metíase por el puente del Real, daba una vuelta, también de rúbrica, por determinadas calles y regresaba a casa, o recalaba en algún otro portal, en cumplimiento de deberes sociales.

Entonces no había cines, ni los teatros daban funciones por las tardes, más que los días festivos, y éstas no tenían aceptación entre el público.

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