Agua cruda y plantas silvestres

VICENTE LLADRÓ

En esos mundos paralelos de ejecutivos de película se está poniendo de moda beber agua cruda, recogida de un río, de una fuente o vaya a saber cada cual dónde pueda captarla. Es tendencia que viene de Estados Unidos, como casi todo; de California, donde hace furor entre los bienpagados jerifaltes del Silicon Valley, y desde allí se va extendiendo a gente 'guapa' que pretende parecérseles en algo. Quienes preconizan tal hábito, porque creen con fervor en el negociete de vender el agua cruda a razón de seis o siete dólares/euros el litro, les cuentan a los clientes/incautos, siempre ávidos de caer en vacíos esotéricos, que el agua cruda/no tratada/no potabilizada tiene enormes virtudes y está cargada de energía positiva, muy buena para la salud. Con permiso de los bichitos. Siglos de civilización y progreso quedan subsumidos de repente en esta corriente de cuento chino que inyecta tan extraña fe entre quienes más dominan las más avanzadas tecnologías electrónicas. Como contramedida arrecian voces que defienden que la única garantía está en beber sólo agua mineral embotellada. Bueno, también está el agua potable, que es barata y de servicio público obligado, y en cualquier caso no será lo mismo beber esa agua cruda y cara que no se sabe de dónde viene, que la de una fuente de alta montaña, aunque rece por ley que es 'Agua no potable'. Y peor aún es la moda paralela que invita a beber la leche cruda, recién ordeñada y sin hervirla, ignorando lo mucho que debemos agradecer a Pasteur. A otra gente le da por combatir su aburrimiento a base de postular que es buenísimo comer hierbas silvestres, recogidas por ahí. Imaginen si nos diera a muchos por alimentarnos de hojitas salvajes y beber amorrándonos a un río, si lo hay. Iríamos a guantazos, moriríamos de hambre, y cuánta sed iban a sufrir los que quedaran.

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