La irrupción del mundo del agua en los medios de comunicación suele venir de la mano de fenómenos extremos, como sequías o inundaciones. «Good news, no news», así que cuando las cosas funcionan razonablemente bien se puede llegar a pensar que es lo normal y olvidar que probablemente detrás de ese funcionamiento hay un trabajo, y una inversión de recursos, que no conviene descuidar.

El objetivo fundamental de que midamos el agua que tenemos es que nos informe sobre las reservas y en consecuencia el plazo en el que podemos cubrir nuestras necesidades aun con aportaciones escasas.

La medida de la reserva hídrica puede dar confianza o alertar sobre su escasez y en consecuencia promover un uso más cuidadoso. Esto último no debería ser exclusivo de épocas de escasez, ya que el agua que no se gasta en una campaña queda almacenada para la siguiente.

La unidad de medida que se adopta comúnmente, el porcentaje de volumen embalsado respecto a la capacidad total, depende de los embalses que hemos sido capaces de construir, pero no de las necesidades reales que tenemos. Si uno tiene un vaso lleno al cien por cien y otro una piscina a la mitad, ¿quién tiene más agua?

Pero además el volumen máximo que podemos embalsar no es una cantidad fija. Puede variar temporalmente por obras en la presa y sobre todo, puede variar según la época del año por el riesgo de riadas.

El uso de los embalses superficiales, aparte del almacenamiento y regulación de las aguas para su uso cuando las aportaciones naturales son inferiores a la demanda, es también para la laminación de avenidas y evitar los daños de las riadas.

La capacidad de laminación depende del volumen libre en el embalse y las normas de explotación fijan los niveles de resguardo en cada época del año, teniendo en cuenta la probabilidad y magnitud de las avenidas.

Esto hace que no sea fácil comparar las reservas de unas y otras cuencas a partir del porcentaje sobre la capacidad máxima. La necesidad de laminación es más determinante en los embalses de los ríos de la vertiente mediterránea española, frente a los de la vertiente atlántica, donde suele ser prácticamente inexistente.

La Confederación Hidrográfica del Júcar publica semanalmente informes completos con los datos de los embalses, pero lo que llega al público es únicamente el porcentaje de agua embalsada sobre la capacidad total. Por citar un ejemplo, el porcentaje publicado de los embalses del sistema Júcar del 3 de julio pasado era del 29'3%, cuando si lo referimos a la capacidad máxima posible en ese día, por los motivos apuntados, el porcentaje era del 39'7%.

En cualquier caso, ninguna de estas cifras nos informa sobre la capacidad de satisfacer necesidades futuras de agua, al no estar relacionadas con esa magnitud. Si lo relacionáramos con el consumo veríamos para cuánto tiempo disponemos de reservas y podríamos comparar diversas cuencas, priorizando las necesidades de inversión.

Todo el mundo es consciente de que sin agua no hay vida, aunque a pocos les afecte directamente la escasez. Es fácil excitar sentimientos en este asunto, a menudo interesados en una u otra dirección.

Sin embargo, podemos afirmar que hoy en día no hay problemas de agua. En los océanos hay toda la que se necesita y hemos desarrollado técnicas para hacer utilizable esa agua. El problema es energético, y por tanto económico. Hay un coste para hacer el agua utilizable y un coste para llevar el agua a su lugar de consumo.

Si conseguimos reducir el problema del agua a un conflicto de intereses, se podrá llegar a consensos. Si el conflicto parte de que «el agua es mía y me la quieren quitar», es decir, si el conflicto es de sentimientos, difícilmente se llegará a soluciones duraderas y aceptables por todos.

Al principio de la legislatura anterior se intentó promover una Agencia única que gestionase la distribución del agua en alta en España. En ese caso la asignación y origen de recursos se podría hacer con criterios de eficacia, asignando un precio único para los usuarios del mismo tipo en cualquier territorio. El cómputo sería global y se podría contar con las aportaciones externas (desalación), obteniendo el mix más económico en cada ocasión para el conjunto. Es lo que ocurre con otro recurso básico como es la electricidad.

Difícilmente puede haber cohesión social, uno de los pilares del desarrollo sostenible, si un mismo bien de dominio público como es el agua, a unos usuarios les resulta a un coste cien veces superior que a otros.

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