La afección de l'Horta

MIKEL NADAL

Nadie me puede dar lecciones de l'Horta. Los que nacimos más allá del camino de Tránsitos vivimos en esa tierra de talleres, acequias y sendas de la Carrera En Corts, el Forn d'Alcedo, la Fonteta, Pinedo, y algo sabemos de la agonía de un mundo en extinción con cada palmo de terreno cambiado por plantas bajas y dos pisos para los hijos. Era mi mundo, el de los Sabater, los Mocholís y todos aquellos que no teníamos ganas de convertirnos en estatuas de sal mirando el pasado, ni ser objeto de exposición antropológica. Tierras que ahora son la Pista de Silla. Parte de esa huerta murió con el trazado del nuevo cauce del Turia, con Merca Valencia, con la depuradora de Pinedo, con la destrucción de la Punta, con la Avenida de los Hermanos Maristas y tantos proyectos que modificaron el paisaje sentimental de la infancia. Pasamos ese proceso con dolor sabiendo que todo el mundo lo apreciaba como paisaje contemplativo, sin valorarlo como un lugar productivo en el que la gente pudiera vivir con dignidad. Por eso extrañamente soy de los que piensan que la huerta debería estar más protegida, y vigilada, e iluminada, y limpia, no con esas luces mortecinas que invitan al delito. Por eso cumplo una especie de excepción melancólica por la Huerta, y soy de los que abanderaría moratorias de construcción en esos espacios. De todo tipo y sea quien sea el que pide la licencia. Pero tendríamos que pensar antes las cosas. La polémica hoy afecta a las obras a la ampliación de la entrada a Valencia desde el Norte. Advierto que soy vecino y afectado. Soy un firme partidario de que para lo que se acaba construyendo, hay campos en las partidas de Calvet y de Masquefa, que son de una belleza geométrica insuperable, y frente a la fealdad bolchevique de los huertos urbanos, habría que pagar ese lujo de la belleza de la huerta en manos privadas. Si se quiere moratoria que sea para todo y en toda la ciudad: carriles y aularios, y en la partida de Vera y en Malilla. En números groseros, el campus de Vera de la Universidad Politécnica ocupa una parcela de más de medio millón de metros cuadrados. Es cierto que se instaló en 1970, y profesores y alumnos pasaron las de San Amaro. Pero el reciente Campus de Tarongers de la Universitat de València es de los años 90 del pasado siglo y su superficie de más de 400.000 metros cuadrados. Sumando los dos hay más de un millón de metros cuadrados de huerta afectada. Pudieron las Universidades trasladarse, en expansión, hacia Cheste, con un precio de expropiación de secano. No se quiso. Nos indignamos por 80.000 metros cuadrados desde edificios de universidades que consumieron 1 millón de metros cuadrados. Debe ser tremendo redactar estrategias de protección desde edificios que cambiaron el trazado del camino de Vera, el que bordeaba la Clemencia. El cinismo de siempre.

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