Acotaciones al nacionalismo rampante

PEDRO PARICIO AUCEJO

El expresidente cesado de la Generalitat de Cataluña estaba predestinado para sentir debilidad por Bruselas. Que, en su aventura secesionista, Carles Puigdemont encontrara homologable la capital belga con la ciudad condal es algo vaticinado ya en el siglo XIX por el sabio sacerdote barcelonés Jaime Balmes (1810-1848). No en balde, el pensador de Vich (según algunos, el más genuino filósofo español decimonónico y, para Pío XII, el Príncipe de la Apologética moderna) escribió en 1846: «Barcelona, por su orden y adelantos, diríase una capital de Bélgica o de Inglaterra».

Pero, a diferencia de la cercanía de su acierto en la afinidad capitalina, el planteamiento político -ironías aparte- que el autor de 'El criterio' hizo sobre la cuestión catalana estaba muy alejado del de buena parte de sus paisanos del siglo XXI. Guiado por su sensatez y ponderación, Balmes profesaba un regionalismo nacional, acorde con su españolismo, de modo que el fervoroso amor que sentía por su terruño natal le hacía anhelar el reconocimiento de la identidad a que éste tenía derecho dentro de la diversidad de España.

A pesar de la distancia en el tiempo y de la desemejanza de los problemas que asolaban España en aquellos momentos con los actuales, sus palabras siguen vivas y elocuentes: «Sin soñar en absurdos proyectos de independencia, injustos en sí mismos, irrealizables por la situación europea, insubsistentes por la propia razón e infructuosos además y dañosos en sus resultados; sin perder de vista que los catalanes son también españoles, y que de la prosperidad o de las desgracias nacionales le ha de caber por necesidad muy notable parte, puede [Cataluña] alimentar y fomentar cierto provincialismo legítimo, prudente, juicioso, conciliable con los grandes intereses de la nación».

Y, en claro alejamiento de los postulados separatistas, advertía con contundencia al disgregador nacionalismo antiespañol: «Nada de rebeldías estériles que mancillarían el honor catalán, ni de ilusiones respecto de antigüedades incompatibles con el espíritu del siglo. Nada tampoco de constituirse en ciego instrumento de ningún partido, de identificar la causa de Cataluña con la de cualquier bandería de oposición. Que para lograr la personalidad regional dentro de la unidad nacional, no ha de recurrirse al arrebato furioso, sino a la firmeza y al decoro, que al cabo consiguen justicia».

Estas convicciones del pensador catalán no eran casuales, sino conformes con el magisterio pontificio sostenido por la Iglesia Católica desde el siglo XVIII. En él, además de presuponer la dimensión escatológica que toda nación conlleva -en cuanto realidad orientada hacia el patrimonio espiritual de la patria eterna-, se propugnaba la promoción de la sociabilidad como reflejo de la naturaleza humana y de sus necesidades morales, el fomento de normas justas que propiciasen la convivencia, permitiesen el ejercicio de los derechos humanos en su dimensión individual y comunitaria y estuviesen garantizadas por un orden jurídico internacional.

De este modo, la sociabilidad se constituyó en el principio generador de un orden que tiene carácter orgánico, se orienta a la defensa del bien común y evita los afanes perturbadores de la vida social y política de los pueblos: superioridad, dominio, insolidaridad, injusticia, odio, violencia, guerra... Así, el magisterio de los Papas se ha enfrentado históricamente a todas las actitudes generadoras de conquista, anexión violenta e invasión, condenando sin titubeos aquel nacionalismo que -degenerando el legítimo amor a la patria- desgarra el tejido social, enfrenta a las personas, divide familias y pueblos, viola las reglas del derecho y hace de la nación la base absoluta del Estado.

Especialísimo rechazo papal se vertió sobre el nacionalismo totalitario padecido por la Europa de entreguerras, cuyas dramáticas consecuencias fueron vividas por millones de víctimas, entre las que figuró San Juan Pablo II (1920-2005). Su origen polaco le permitió contemplar en la historia de su patria el espejo de lo que es una tierra humillada por los sucesivos repartos de las poderosas naciones vecinas. A finales del siglo XX se enfrentó en numerosas ocasiones a la cuestión nacional: lo hizo en un contexto internacional marcado por la liberación de pueblos sometidos desde décadas al dominio del comunismo soviético y por el resurgir de la hostilidad de una población contra otra.

Karol Wojtyla fue consciente de la sutil tentación histórica de transformar el amor patrio en un nacionalismo exagerado, que no duda en considerar buenos todos los medios, incluso los que conllevan la exclusión -y, a veces, aniquilación- de quienes no se ajustan a su proyecto. Era sabedor de la ingeniería social que conformaba su programa político: experimentó personalmente el cuidadoso proceso de una incesante socialización del sentimiento nacionalista, que adormecía a las masas con el narcótico de la manipulación educativa y mediática ("Vivíamos sumidos en una gran erupción del mal, y sólo gradualmente comenzamos a darnos cuenta de sus dimensiones reales. Porque los responsables trataban a toda costa de ocultar sus propios crímenes a los ojos del mundo"). Por ello, no dudó en clamar que «cuando el cristianismo se convierte en instrumento del nacionalismo, queda herido en su corazón y se convierte en estéril». ¡Al menos los cristianos de Cataluña convendría que recordasen ahora su advertencia de víctima, Papa y Santo!

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