AQUEL ACOSO ESCOLAR

F. P. PUCHE

LA VALENCIA QUE YO HE VIVIDO

De buena mañana, docenas de escolares enfundados en un guardapolvo a rayas habíamos ido a misa y, si era mayo, también habíamos participado en el ritual del Mes de María, donde los niños más guapos y bien peinados llevaban los ramos de flor más grandes y resplandecientes. De buena mañana se había izado la bandera de España, y todos, en largas filas, habíamos participado en el canto desganado del Himno Nacional, que entonces tenía una letra; que era la escrita en 1928 por don José María Pemán, pero algo remendada para que lo que alzaran los hijos del pueblo español no fuera las frentes, sino los brazos. De buena mañana, llegado el momento tenso del recreo, era la hora de tomar la bufanda de lana, hacerle un duro nudo en el extremo y empezar a blandirla como un aguerrido hondero balear para... Para. Detente. (He meditado mucho antes de hacer esta confesión, esta exigente autocrítica. Y he llegado a la conclusión de que es preciso descargar la conciencia. Hacerlo así, en público y por escrito, es el modo mejor. Porque puede ser el modelo que más carga de arrepentimiento comporte. Y el que aporte más a la tarea de humanizar el clima de nuestras aulas, tan castigado por el estigma del acoso. La estampa, bien lo sé, no ganará un premio entre las políticamente correctas. Pero si toma el lector su parte moral y la aplica a la receta de lo que hoy no debe ser hecho, ya será mucho. Decidido, pues, prosigo por la vía de la moraleja...)

Hacer círculos con la bufanda anudada, y aullar de vez en cuando, era una memez que no tenía en sí nada especial; pero mostraba, de entrada, un espíritu aguerrido y militante. Eso era lo importante: que se te viera dispuesto y disponible. Que se te viera inquieto y motivado, integrado en el grupo. Que la bestia que hacía de líder de la manada te viera belicoso desde el principio del recreo era el modelo de conducta que algunos habíamos asumido como más conveniente para pasar desapercibidos.

Lo teníamos asumido a base de recibir muchas castañas y bufandazos. Lo teníamos incluso interiorizado: porque el más cafre de todos los cafres que componíamos el rebaño no hacía remilgos a la hora de elegir las víctimas de la diaria guerra de bufandas anudadas.

Tengo que decir, sin embargo, que por lo general había en el patio más de dos energúmenos que se complacían en ser víctimas propiciatorias de la paliza. Callaré sus nombres por cortesía y porque alguno de ellos ha llegado a componer un brillante currículo.

Pero lo cierto es que desde el primer minuto de la suelta de las reses estudiantiles en el patio, el provocador y el masoquista estaban dispuestos a la lucha desigual y al martirio. De modo que aun no se había escondido el vigilante para encender su pitillo cuando ya estaba el primero llamando la atención del líder, para despertar su cólera, y el segundo casi rogando que la primera somanta la cayera en la cabeza.

En aquella congregación de primates con guardapolvo el comienzo de la refriega no se hacía de esperar: dedicado el primer minuto a la jarana de gritos de iniciación, las bufandas giratorias no tardaban en descargar su golpe sobre la cabeza del Provocador y los lomos del Agradecido.

Uno y otro, colorados y sudorosos, se refugiaban torpemente en un rincón del que sabían que era imposible escapar. La bufanda con nudo azul, la marrón y la verde era las primeras en caer sobre las víctimas. Hasta que se hacía un compacto pelotón de simios aulladores que se golpeaban.

Era el momento de salir por la tangente y buscar el lugar donde dos o tres nos reuníamos en secreto a intercambiar los cromos de la Tómbola de don Marcelino.

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